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Dos claves y un fracaso: acción y adaptación

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Existen temas respecto a los cuales es menester insistir. A pesar de que ya hemos conversado hartamente acerca de cambio climático, lo concreto es que la actual coyuntura -y la prácticamente nula atención que el poder en sus distintas aristas le presta al asunto- hacen que debamos volver a abordarlo.

En las últimas jornadas, nuevos focos ígneos afectan el Delta del Paraná en la situación más visible de este momento. En la primera mitad del año, se contabilizaron nada menos que 4.200 focos de fuego.

El mismo viceministro de ambiente, Sergio Federovisky, admite que los mismos tienen orígenes intencionales, y nombra entre las causas, la expansión de la frontera del agronegocio. ¿Qué hacemos con simplemente mencionarlo? ¿Qué curso de acción eficaz puede tomar el Poder Judicial ante este panorama?

Es que, si tomamos el agua residual de los cultivos del modelo agrotóxico, si respiramos el aire viciado por los incendios intencionales especulativos, si vamos a escuelas que están al lado de depósitos de asbesto, si el progreso es trabajar en industrias extractivas que cuentan muertos sin que nadie lo sepa, realmente poco puede hacer un juez. Hay una desproporción manifiesta y también una elección de rumbo que va más allá de la atención a un caso concreto.

En Santa Fe, agrupaciones ambientalistas expusieron en los últimos días que el aire que respiran está contaminado. Que deben blindar sus viviendas para que el humo no entre. Que se sienten desprotegidos ante la insistencia de los fuegos que no cesan.

Estamos en ese punto: las consecuencias del cambio climático ya están entre nosotros. No hay discurso de concientización o de prevención que, a esta altura, se corresponda con el nuevo tiempo, que presentará cada vez con más frecuencia períodos de sequías, grandes volúmenes de lluvia, incendios, etcétera.

La situación exige acción, pero al mismo tiempo también adaptación. Así lo afirman los expertos y hasta la ONU lo ha recogido. Es innegable para quienes tenemos una visión crítica acerca del sistema económico, político, social y cultural que nos rige; como también para aquellos que simplemente consideran que es la realidad que inevitablemente nos toca vivir. A esta altura de los hechos, nadie puede discutirlo sin devenir negacionista (aunque, claro, también los hay).

En todo el mundo hay cada vez más gente que debe abandonar sus hogares, que se encuentran con tierras que ya no son productivas cuando esa producción era la actividad principal para su sustento o que no cuentan con las condiciones materiales para enfrentar, por ejemplo, fuertísimas olas de calor (ahora que están sucediendo en Europa y, parece ser, esto es más elocuente que cuando suceden en nuestro sur global).

Las ciudades no están listas para afrontar la nueva realidad y los gobiernos tímida y superficialmente suman estos temas a sus agendas de acción. En Argentina, por ejemplo, recién obtuvo media sanción del Senado un proyecto de ley para reconocer un sistema previsional especial para brigadistas. Solo en el Delta, en este momento casi 200 profesionales están trabajando. El PRO votó en contra.

Al mismo tiempo, el CEO de Syngenta en Argentina -una de las principales agrotóxicas que operan en el país- se reúne sistemáticamente con integrantes del gobierno, al punto que parece miembro del gabinete.

Debemos sentir como un fracaso global que la premisa actual sea la adaptación. Mucho más que cueste reconocerlo. Implica que no fuimos capaces de generar las condiciones para coexistir de una forma más amigable con nuestro entorno. Ya estamos sintiendo las consecuencias y las mismas determinarán cada vez más nuestra forma de vivir.

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