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Decir sin decir nada

Por Lautaro Peñaflor Zangara

“Ideología” es una palabra que lleva una importante carga negativa para un considerable sector de la opinión pública. Se habla de “desideologizar” distintos aspectos del debate público, como si fuese eso posible y -en tal caso- como si se tratara de algo positivo.

Existe el prejuicio de que la ideología pertenece al pasado, relacionándola quizás al paradigma que dividió al mundo en dos grandes bloques: capitalista y comunista. Quizás de allí provenga la conceptualización negativa.

En un mundo más complejo, la carga ideológica sigue existiendo. En los discursos políticos, en la televisión y también en las instituciones. ¿Es lo mismo optar por dar largos elocuentes discursos, que hacerlo de manera breve y sin matices en la entonación? ¿Tiene una de esas alternativas menos carga ideológica?

La ideología, según Paul Ricoeur, opera en tres distintos niveles. Inversamente al avance de esos tres niveles, el grado de consciencia de su presencia disminuye. El primero es notorio y refiere a las posturas claras. ¿Libre mercado o intervención estatal? Tomar partido en esta temática es claramente ideológico.

A medida que nos acercamos al tercer nivel, sus dispositivos son menos conscientes. Se relacionan con aquellos ritos y celebraciones que integran y reúnen a los distintos grupos. ¿Mirar televisión es ideológico? ¿La manera en que se celebra el 25 de Mayo lo es? En esta ocasión es más complejo identificar a la ideología. Creemos que son actividades que “simplemente pasan”. No podemos escapar de los contenidos ideologizados, pero algunos son más notorios.

Sucede en la campaña actual, carente de propuestas pero repleta de consignas vacías. Quienes prometen “un cambio” son quienes actualmente gobiernan. Y la oposición, que gobernó anteriormente, se critica a sí misma. Las encuestas son las que mandan.

“Escuchar a los vecinos”, “bajar los impuestos” o “mejorar la educación” no son propuestas en sí mismas, porque no responden a las preguntas cómo ni por qué. Y en esas explicaciones anida el valor de lo político: cada partido debería proponer caminos distintos para llegar a resultados que consideran positivos y, de ese conflicto, deberían surgir decisiones maduras.

Ese vaciamiento genera alejamiento porque todo se transforma en una mera puja para acceder a puestos de poder. Cuando proliferan con éxito candidatos provenientes de mundos ajenos a la política, una de las razones es que reducir el discurso político a un catálogo de frases marketineras, es dañar el vínculo entre representantes y representados y alienar a las personas de las discusiones más importantes. Entonces los votantes buscan escapar de esa lógica y ven atractivas otras opciones.

Ocupar puestos de gobierno no es sólo retórica. Es, sobre todo, acción. Y por cada línea de ejecución que se decida, se dejan de priorizar otras posibles. Ahí reside la ideología.

Expresiones como “Venimos a unir a los argentinos” o “Vamos a construir un país mejor” son ideología operando por vía de integración, es decir, con poco nivel de consciencia. Decir sin decir nada, pero otorgando un cheque en blanco a la hora de tomar decisiones que afectan al colectivo. Como no hay propuesta, no hay marco que limite el ejercicio del poder.

Paradójicamente, quienes más acuden a este accionar son aquellos que pretenden que “desideologizar” sea algo deseable. Hay ideología cuando así se plantea y también cuando dicen que no. Las visiones sobre el conjunto son ineludibles para el hombre viviendo en sociedad.

La aplicación de las reglas del marketing y la publicidad a la política en la era de la información arrojan como consecuencia no sólo que la ideología siga estando presente, sino que además sea posible transformar nociones dañinas en mensajes atractivos y fáciles de digerir. (Especial para Cambio 2000)

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