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¿Debería sorprendernos?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

“¿En qué playa de Uruguay apareció el cuerpo sin vida de Lola Chomnalez, asesinada en diciembre de 2014?”. Esta pregunta podría formar parte de un alegato en un juicio o de un informe periodístico, pero no es así. Fue formulada en un programa de televisión de preguntas y respuestas, en horario central.

No es necesaria una gran conciencia social o de género para entender que un femicidio no puede ni debe ser reducido a una consigna lúdica por una suma de dinero. Al contrario, resulta bastante elemental. De hecho, al difundirse se generó un repudio consensuado que obligó a pedir disculpas al conductor del ciclo.

No debería sorprendernos, no obstante, que los medios de comunicación masiva suelan enunciar con violencia su contenido: la violencia de género mediática incluso está tipificada por una norma jurídica. La configura, según la ley 26.485, “aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres, como así también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres”.

La espectacularización de la violencia toma aquí otra dimensión, porque tiene que ver con las discusiones de género que actualmente tienen mucha más visibilidad que hace algunos años.

¿Por qué ninguna persona de un equipo de producción y puesta en aire que seguramente es numeroso, advirtió que un femicidio no es un juego, que simbólicamente estaban asignándole a Lola Chomnalez el precio de veinte mil pesos?

¿O es que en algún sentido algunas de esas consignas se volvieron meramente estéticas? Las temáticas de género atravesaron el fenómeno de apropiación capitalista. Hoy disputan parte de ese “sentido común” que hace algunas décadas, por ejemplo, insistió en que es importante reciclar, pero jamás cuestionó a una gran empresa ultracontaminante.

Hace algunos años, uno de los diarios más importantes del país se refirió en una noticia a una víctima de un femicidio como una “fanática de los boliches que abandonó la secundaria”. Se convirtió en el más claro ejemplo de violencia mediática y hoy sería irreproducible en esos mismos términos.

Sin embargo, el programa de televisión del que hablamos sí formuló la pregunta de la que hablamos. Es más: un tiempo antes habían preguntado en qué calle del barrio porteño de Palermo ocurrió el ataque a Ángeles Rawson el 10 de junio de 2013.

Quizás esa producción sólo atinó a redactar preguntas que participen de la conversación pública, que hoy incluye estas temáticas. Probablemente sólo sea una pieza que se mueve involuntariamente en una disputa de sentido de la que son meros observadores.

Para muestra basta un botón: ¿quién patentó en Argentina las formulaciones “no es no” y “femicidios”? Nada menos que el productor televisivo Adrián Suar, quien dista mucho de ser un erudito en temas de género. ¿Qué pasa si quien enuncia las consignas es quien lucra con esa violencia?

El conductor del ciclo pidió disculpas y, seguramente, no vuelvan a preguntar dónde sucedió un femicidio. No sería extraño que otras muestras de violencia vuelvan a aparecer. El espectáculo de la crueldad es el mismo de antes, de aquel tiempo en el que se culpaba a la mujer de su propio asesinato por sus hábitos de vida o por cómo vestía, sólo que ahora intenta sumarse a una conversación pública que parece haber tomado nota de que los femicidios existen. Pero no de otro gran universo de cuestiones. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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