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Crudo presente

Por Maia Franceschelli

Una nueva década comenzó, y parece sentirse que la esperanza de que mejoren las cosas se renovó. Pero, si queremos que algo cambie, hay que dejar de hacer siempre lo mismo…

En un intento de generar empatía con los más desprotegidos y vulnerados en estos últimos cuatro años, el nuevo gobierno de turno sancionó la ley de Solidaridad Social y Reactivación Productiva en el Marco de la Emergencia Pública N° 27541. Lo contradictorio, es que entre sus disposiciones contempla la baja de retenciones del 12% al 8% a las petroleras y la eximición de las mismas de pagar regalías sobre la facturación total.

¿Por qué contradictorio? Porque la naturaleza se encuentra entre los más desprotegidos y vulnerados no sólo en éstos últimos años, sino desde hace décadas; y la industria del petróleo es de las principales responsables.

La presencia insoslayable del “oro negro” en la vida cotidiana es innegable y, definitivamente, negativa. No solo se encuentra presente en los combustibles: detergentes, plásticos, cauchos y gomas, fibras sintéticas, medicinas, fertilizantes y pesticidas, pinturas, velas, maquillaje, aditivos alimenticios. De esta forma, literalmente, mueve el mundo.

Argentina es un país que cuenta con negocios petroleros en su territorio desde 1907 -período histórico en el que se instalaron los primeros yacimientos petrolíferos-, y desde ese entonces hasta hoy, las luchas de los pueblos afectados, principalmente los nativos, las comunas más perjudicadas junto a todas las especies de fauna, flora y elementos naturales vitales, no han cesado.

De acuerdo a un artículo del Centro Científico Tecnológico (CCT) de Mendoza, organismo oficial dependiente del CONICET, todas las operaciones relacionadas con la explotación y transporte de hidrocarburos, conducen inevitablemente al deterioro gradual del ambiente.

Desde destrucción del suelo, dejándolo completamente inutilizable por años; disminución de oxígeno en el agua, tanto superficial como subterránea; contribución al calentamiento global, gracias a las emisiones incontroladas de dióxido de carbono; muerte indiscriminada de flora y fauna, afectando sobre todo a las aves y, si la zona de explotación es costera o mar adentro, produciendo daños irreversibles sobre la fauna marina.

En relación a esto, hace años se conocieron imágenes estremecedoras que hoy en día parece que no muchos recuerdan: pingüinos famélicos, al borde de la muerte, completamente cubiertos de petróleo.

Según un estudio realizado por el biólogo argentino Pablo García Borboroglu, del Centro Nacional Patagónico -dependiente del Conicet- y su colega Dee Boersma, de la Universidad de Washington, entre 1982 y 1991, en la costa de Chubut morían unos 40.000 pingüinos de Magallanes por año. En 1994, la ruta de los buques cisterna fue corrida 100 kilómetros mar adentro, y desde entonces en la costa casi no han aparecido aves muertas por contaminación.

Con la excusa sostenida a lo largo del tiempo de que estas empresas resultan “imprescindibles” para el crecimiento económico del país, siendo generadoras de puestos de trabajo, muchas de las provincias abogan por mantenerlas o instalarlas en sus tierras, a pesar de las incesantes muestras de nocividad que provocan.

Con sobradas evidencias y contando ya con alternativas sustentables, los mismos de siempre siguen haciendo lo mismo de siempre. Y lo más triste, con el aval de mucha gente. Por suerte, en Mendoza ocurrió lo que por mucho tiempo nos hicieron creer que no sirve: el pueblo tomó las calles y logró que se diera marcha atrás con la modificación de la ley que protege al agua. Esperemos que sea el comienzo de algo distinto. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000).-

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