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Conciencia latinoamericana

Por Lautaro Peñaflor Zangara

En las últimas semanas, varios países latinoamericanos experimentaron procesos sociales y políticos que, aunque con sus diferencias, tuvieron algunas similitudes desde el punto de vista del análisis.

Específicamente dos llamaron la atención: Ecuador y Chile. En el caso ecuatoriano, ante una serie de medidas de ajuste decretadas por el presidente Lenin Moreno -llamadas “paquetazo”- distintos sectores de la sociedad se manifestaron con fuerza. Ante la presión, el gobierno debió retroceder y morigerar los anuncios.

En Chile, el detonante fue un aumento en la tarifa del subte. En un país en el que los trabajadores destinan la exorbitante suma del 30% de su ingreso al transporte, esa determinación fue sólo el desencadenante ante un sistema de muy desigual distribución del ingreso. La consecuencia es ya conocida: miles de ciudadanos en las calles, pidiendo reformas estructurales.

En Perú, la crisis política llevó a anunciar el cierre del congreso, debido a que su conformación podía hacer peligrar la presidencia de Martín Vizcarra. En Argentina, el proceso electoral mostró un claro descontento hacia las medidas de ajuste para con la ciudadanía.

Los países de América Latina atraviesan coyunturas con puntos de contacto. Si tuviéramos que situar el origen, debemos remontarnos a la última gran crisis financiera mundial del año 2008, que impactó de lleno en las economías capitalistas más sólidas.

Cuando llegó la estabilización para esos países, las variables macroeconómicas de los países suramericanos comenzaron a resentirse: se agotó el boom de los insumos con gran demanda de sus economías, las llamadas “commodities”, y la región ingresó en períodos de recesión. Algunas consecuencias: menos competitividad internacional, menor valor de las monedas nacionales respecto al dólar y merma en los mercados internos, tanto laborales como de consumo.

Y también llegaron otros gobiernos, con marcada impronta de mercado y discursos de “modernización”, prometiendo un derrame que no está sucediendo. Lejos de plantear soluciones, profundizaron las tendencias recesivas, aumentando la conflictividad social, con su consecuente respuesta: la presencia de fuerzas de seguridad en ámbitos civiles y hasta la militarización.

Días atrás pudo verse al Presidente de Chile, Sebastián Piñera, rodeado de militares, anunciando que el país “estaba en guerra”, retrato que parecía extraído de otra época.

Si la política implica el tratamiento de una compleja trama de conflictos, asegurando la convivencia entre sectores con intereses que tienden a contraponerse, el objetivo no está cumplido. Más aún cuando los que reclaman son los que se quedaron sin trabajo, los que no pueden acceder a derechos básicos, las minorías, los pueblos originarios.

Si hasta mediados de esta década podíamos considerar que ciertas minorías accedieron a algunos derechos civiles, el mercado se encargó de que en los hechos su situación empeore, al ser los que menos tienen también los primeros perjudicados en los momentos de crisis.

En Latinoamérica, junto con la hegemonía, conviven otras maneras de organización y de concepción del poder. En Ecuador, fueron los Pueblos Originarios los que se levantaron contra el “paquetazo”, y es la misma región que -dueña de una inconmensurable riqueza natural- sufrió el saqueo y la imposición de lógicas destructivas, ajenas a nuestra cultura y a los saberes de nuestros pueblos.

Si las empresas y la especulación financiera son trasnacionales, y no reconocen límites físicos claros, ¿pueden los ajustes serlo también? En tal caso, ¿sobre quiénes recaen? ¿Es América Latina, al igual que los ciudadanos más desprotegidos, una de las grandes perjudicadas de los estallidos internacionales? ¿Somos conscientes de ello? (Nota de opinión para Cambio 2000)

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