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Colonización continua

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Con sus distintas interpretaciones, la historia es una, es causal y conlleva sus consecuencias. Sería ingenuo entenderlo de otra manera, en cualquier otro momento y también en la actualidad. La pandemia de coronavirus también responde a esa lógica y es necesario, si queremos devenir una mejor humanidad, rastrear qué nos trajo hasta aquí, por qué razones y cuáles fueron sus implicancias.

La situación se presenta como un grito de alerta, como un límite que -si todavía no se cruzó- está muy cerca de atravesarse. Transitamos un virus que cambiará por completo nuestras subjetividades: estamos viendo morir miles de personas, emergen como evidentes las múltiples formas de desigualdad existentes, nos mantenemos alejados incluso de nuestros vínculos más cercanos… La pandemia nos separa de las metáforas y nos enfrenta con aquello que en verdad somos colectivamente.

Es la realidad que construimos día a día, a través nuestro modo de vivir, la que nos trajo hasta acá. No obstante, todo parece indicar que ratificaremos el rumbo y construiremos sobre las razones de la destrucción.

Entre las actividades que permanecieron permitidas durante el aislamiento obligatorio están los desmontes, fumigaciones, minería y extracción de petróleo. Mientras el mundo muestra signos de recomposición natural, el extractivismo en Argentina se acentúa como supuesta salida ante la crisis económica. Los resultados: impactos en comunidades y ecosistemas que generan más enfermedades, información que ha sido publicada en documentos del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, por ejemplo.

De poco sirve alegrarnos porque hay especies habitando espacios de los que antes se escondían si, instalada la “nueva normalidad”, volvemos a ser esa humanidad destructiva cuya concepción de territorio es peligrosa y de la que esos mismos seres volverán a tener que escapar. Es indispensable observar que el combo de desmonte sistemático y construcciones urbanas al servicio de la modernidad generó un ecocidio y un genocidio respecto a toda aquella biodiversidad que le representaba una molestia, cuyo origen podemos hallar hace cinco siglos. Desde allí, la colonización fue continua.

Colonizar es siempre un acto de poder hacia quienes están debajo e implica, también, establecer un sistema de pensamientos y elementos culturales que lo legitiman. El poder corporativo impuso su modo de entender la vida, con sus ideas de éxito, desarrollo, realización, conductas reprochables, delitos… Hoy, de manera alienada, lo sostenemos y lo defendemos sin mayores cuestionamientos.

Ya no colonizan de manera excluyente los estados, pero sí articulan y generan las herramientas necesarias para que otro tipo de poderes que trascienden los límites nacionales puedan hacerlo. Los espejitos de colores son, en nuestra era, la modernidad y el desarrollo.

Hacer un recorrido por la historia de las civilizaciones no occidentales, y también de la suramericana, nos mostrará que otras formas de vida fueron posibles y que la actual no es excluyente, aunque arrasó con las demás. Cada vez que se arrasa con una tierra, hay algo de la diversidad que desaparece. Habitar los territorios en equilibrio con la naturaleza es contradictorio con lo que sucede en las grandes ciudades, como exponentes del fenómeno urbano y en ese proceso se pierde sabiduría y riqueza inmaterial.

“Yo crecí en una ciudad en India en la que había una regla: solo se podía construir en un quinto de la tierra. El resto debía estar ocupado por la naturaleza. Por eso hoy mi casa es un bosque”, dice la doctora en física y filósofa Vandana Shiva. Existen otras maneras de hacer las cosas, más allá del antropocentrismo, el monocultivo, el desmonte y la especulación inmobiliaria. Solo hay que escapar de la colonización. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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