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Cambiar para que nada cambie

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El domingo 27 se llevó a cabo la elección general que arrojó al Frente de Todos como ganador en primera vuelta, siendo Alberto Fernández el presidente electo. De esa manera, se dio lugar al inicio de un proceso de transición y a múltiples interpretaciones sobre el resultado.

Una de ellas tiene que ver con la dinámica del poder político, que no parece haber sufrido grandes modificaciones estructurales, pese al cambio del signo político.

Para analizarlo, rememoremos cómo se dieron los hechos. El primer movimiento lo dio Cristina Fernández, cuando decidió postularse a la vicepresidencia, siendo Alberto Fernández el candidato a presidente. Una figura inesperada y con un perfil distinto al de la ex mandataria.

La decisión no sólo permitió generar una amplia unidad peronista en lo que luego se llamó “Frente de Todos”, sino que además dejó sin reacción al oficialismo. Sumado a una economía en su peor momento, el combo se reflejó en el resultado de las PASO: una amplia diferencia a favor de la oposición, que quedó muy cerca de lograr lo que finalmente ocurrió.

Fue recién en el segundo tramo que Mauricio Macri encontró la vuelta a la campaña. Apeló a la radicalización de un discurso marcadamente ideológico repetido hasta el hartazgo, para plantear un contraste entre “ellos y nosotros”.

También encontró en la política tradicional, esa misma con la que “venía a terminar”, herramientas que le ayudaron. Se valió con éxito de la disputa de la calle mediante marchas, de la validez del territorio para conquistar votos y de una peliaguda fiscalización.

Juntos por el Cambio no sólo mejoró su actuación, sino que además sobrevivió como sujeto político, quizás con una impronta más colectiva que antes. La campaña dotó al espacio de cierta mística, algo perdida, y dejó en claro quién es el adversario.

La dinámica del poder jugó a favor del presidente saliente. Mientras el resultado colocó a Fernández en un rol prácticamente de primer mandatario electo, el macrismo volvió a las aguas que mejor nada: la oposición.

El resultado: un ballotage anticipado y el mayor nivel de polarización en más de tres décadas. El 88% de los electores optó por el Frente de Todos o Juntos por el Cambio. ¿Qué se fortaleció? Ese concepto retórico y conducente a la nada llamado “la grieta”.

Estos roles, asumidos antes de tiempo, se mantendrán en los siguientes cuatro años, con caras conocidas. Nos esperan años de acusaciones cruzadas entre quién lo hizo mal y quién peor. Si bien esta lógica nunca dejó de existir, la reivindicación de dos espacios que funcionan como opuestos complementarios sólo la profundiza.

Juntos por el Cambio deberá reorganizarse y resolver sus internas. Macri demostró que, pese a ser la cara visible de una gestión con pésimos resultados, puede cristalizar gran parte del voto opositor y, además, es el dueño de la marca (nunca mejor dicho). Resta también conocer qué papel tendrá un desdibujado radicalismo.

No es menor el desafío que espera a Fernández: el frente que lo llevó al poder es tan amplio y diverso, que tendrá que esforzarse por contentar a todos.

Respecto al Congreso, el Frente de Todos, con todos los partidos que lo conforman sumados, tiene buenos números en el Senado y llega a 128 diputados. Juntos por el Cambio, alcanza los 119. Estos números pueden hacer que sea necesario dialogar o, a la inversa, que haya poder de veto, volviendo a la cámara un órgano inactivo.

Cambiemos no sólo se sumó al juego del que se quejaba -sin lograr el objetivo que el nombre de su coalición señala- sino que también terminó por generar el escenario propicio para que el peronismo vuelva al poder, luego de un intervalo de cuatro años. Nada de lo que está por venir resulta del todo extraño: cambió todo para que nada cambie. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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