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Buenos Aires: ¿provincia petrolera?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Varias líneas hemos dedicado en este espacio a problematizar los modelos productivos que se presentan como un faro de esperanza, pero cuyos pasivos (no precisamente económicos o tangibles) resultan destructivos para los ecosistemas, los recursos naturales y las comunidades.

La novedad que venimos a comentar es que la provincia de Buenos Aires avanza a pasos firmes en su intención de ser una provincia petrolera. Esto es algo que el mismo gobernador anunció, con bombos y platillos, en la primera apertura de sesiones ordinarias de la legislatura que le tocó encabezar.

“Queremos convertir a la provincia de Buenos Aires en petrolera. Buenos Aires es socia del desarrollo de Vaca Muerta”, dijo. Entre poético y paradójico resulta que el nombre de la buena estrella del desarrollo argentino lleve nombre de una especie que ya no vive.

Diez meses mediante, el proyecto parece estar en pie. Hace pocos días, se anunció que la petrolera estatal YPF firmó un acuerdo preliminar con Shell para la búsqueda de petróleo para la Cuenca Norte del Mar Argentino en un pozo que, se proyecta, estará ubicado entre Mar del Plata y Bahía Blanca.  Falta la rúbrica de la autoridad competente y todo podría comenzar. Como siempre, habrá cláusulas secretas y condiciones que nunca sabremos, aunque podemos intuir.

Demás está decir que Bahía Blanca está a dos horas de Carhué y que las industrias extractivas -que emplean siderales cantidades de agua y la envenenan- modifican por completo los lugares desde múltiples puntos de vista.

A la provincia de Buenos Aires, entre otras, y en específico a nuestra región era otro el problema que más nos acechaba, con las mismas lógicas y la misma potencialidad de dañar: el uso de agrotóxicos en una matriz productiva insostenible para la vida y la salud. Ahora estamos desbloqueando un nuevo nivel en este juego de volver difícil la vida de muchas personas.

Muchos sostendrán que este tipo de empresas son una fuente inagotable de dinero. Que promueven el desarrollo. Que generan fuentes de empleo. Para quién, es la pregunta. No es necesaria mucha sagacidad para hallar qué tipo de compañías lucran con la megaminería, el fracking, el uso de agrotóxicos, etcétera.

Contratan empleados, sí. Pero esas personas ponen en riesgo permanente sus vidas. Inyectan dinero en las poblaciones, sí. Pero se llevan cantidades siderales, además de destruir el tejido social y comunitario de las mismas.

Hablemos sin eufemismos: ¿a quién le gusta aquello en lo que el mundo se convirtió desde marzo en adelante, por señalar la fecha simbólica para nuestro país? ¿Cómo podemos, simplemente, evadir las causas zoonóticas de una pandemia cuyo origen podría, con grandes posibilidades, estar vinculado a la intervención de la especie humana en el armonioso y equilibrado espacio natural, quitándole ese equilibrio?

No fueron castigo divino los enormes incendios forestales de los últimos años. Tampoco las inundaciones. La pandemia nos pone ante una verdadera encrucijada cultural, que parecemos no advertir en el afán de agachar la cabeza y continuar por el mismo camino que nos trajo hasta acá.

El empobrecimiento de la población y de algunas regiones del mundo en particular no puede significar un cheque en blanco para impulsar la senda de la destrucción, aunque, seamos sinceros, aquí cabe todo otro análisis sobre la representación política, los poderes económicos y quiénes toman las decisiones en nuestros sistemas.

Hasta ahora las referencias de proyectos mineros eran relativamente lejanas. Ahora las tenemos a pocas horas en automóvil. En los lugares donde se procura instalar este tipo de emprendimientos es la resistencia popular la que muestra oposición. Quizás ese sea nuestro camino de aquí en adelante. (Artículo de opinión para Cambio 2000).-

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