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Argentina, de 1985 a 2022

(Por Lautaro Peñaflor Zangara)

Soy parte de una generación, pido disculpas por la referencia personal, que vivió ininterrumpidamente en democracia. Con mayor o menor grado respecto a los indicadores que el sistema democrático pregona, pero siempre con el voto popular como elemento protagonista para legitimar el poder político, al menos, en la parte del mismo que depende de las urnas.

Quizás, precisamente, sean estas generaciones las que expliquen dos fenómenos que pueden parecer contrapuestos, pero tienen la misma explicación. Por un lado, quienes encontramos al sistema frágil, muchas veces falto de respuestas, y considerablemente en mora con distintos sectores populares, sobre todo, en tiempos de fuerte poder corporativo económico. Por el otro lado, quienes encuentran al sistema democrático prescindible, en favor de expresiones más autoritarias, reñidas con los principios que deberían observarse en un saludable sistema democrático.

Existe algún punto en no haber transitado con el cuerpo, sino a través de la memoria, el tiempo oscuro de una dictadura como la de 1976 que nos vuelve, por igualdad en origen, exigentes o superfluos respecto a aquello que naturalizamos, pero no es natural.

El pasado fin de semana el Cine Club Español proyectó la película Argentina 1985, que repasa el Juicio a las Juntas Militares, llevado a cabo en el año que da título a la pieza. El aplauso que quienes asistieron a la función pudieron observar en el momento de la lectura del alegato por el fiscal Strassera ya es una especie de ritual que se repite en cada lugar en que se exhibe el material. Y, una vez más me disculpo, personalmente me deja pensando.

¿Dónde habitan los consensos democráticos del “Nunca Más”? ¿Pueden en algún momento transformarse en meramente testimoniales o desdibujarse? ¿Cómo puede una coyuntura carente de oportunidades generar convencimiento respecto a que algo de lo que existe debe sostenerse?

Argentina 1985 funciona como un prolijo repaso histórico, sin demasiada profundidad política pero sí visiblemente pedagógico que, en tiempos de descreimiento, nos recuerda algunos puntos relevantes y nos ayuda a renovar votos. Sin embargo, el ejercicio más interesante a partir de la película surgirá a partir de hacerla interactuar con el presente.

Es el presente el que nos encuentra con discursos autoritarios exacerbados que ya no surgen verticalmente, sino desde la misma sociedad, y terminan marcándole la agenda a líderes políticos cuya plataforma son los sondeos de opinión.

Es también el momento actual el que nos encuentra con una notoria puja por el ingreso en el que las corporaciones se están imponiendo. El desempleo, la precarización y la pobreza vienen a delimitar el porvenir de generaciones completas que, a su vez, son las que siempre acudieron a las urnas.

Resulta claro que ya no podemos imaginar un golpe de Estado a la antigua, en términos militares. Sin embargo, sí debemos analizar qué estrategias tienden a erosionar la convivencia democrática y a la instalación de formas simbólicas o materiales de ejercer el poder que podamos entender como regresivas.

Es en este sentido que debemos advertir que los Estados, también el argentino, devienen prácticamente entelequias si no se actualizan a las imposiciones de un nuevo tiempo para el que no fueron pensados. Evidentemente, aquellos mitos sobre los que se sembró el optimismo de la primavera democrática necesitan ser reeditados.

Esto no quiere decir que no podamos imaginar otras formas de organización social, pero sí debemos advertir que actualmente las amenazas vienen de la mano de formas autoritarias. En ocasiones, incluso, sorprenden por la repetición semántica respecto a algunos aspectos que pueden observarse en Argentina 1985, pero en 2022.

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