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Ahora presiona el algoritmo: trabajo digital y huelgas virtuales

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Recientemente el gobierno de la provincia de Buenos Aires anunció que volverá a sancionar a las empresas de pedidos en línea Rappi y Pedidos Ya, al comprobar que los empleados que reparten la mercadería encargada a través de esas plataformas no están registrados.

A esta altura del partido, sólo los gobiernos no perciben (o miran hacia otro lado, mejor dicho) que las modalidades laborales están cambiando, acarreando una profunda erosión en los derechos que se consideraban adquiridos.

En Argentina crecen las tasas de empleo, pero tenemos un problema: no nos estamos cuestionando qué características tienen esos puestos laborales que se crean. En un contexto de falta de oportunidades y requisitos incumplibles, estas plataformas no piden experiencia previa y los únicos requisitos son tener DNI, pasaporte o certificado de residencia precaria, contar con un vehículo (auto, moto o bicicleta) y disponer de un teléfono de gama media.

El modelo para esta coyuntura, que tiende a extenderse, son las plataformas. Aunque (aún) no estén presentes en cada extremo del país, las características operativas que presentan sí van expandiéndose hacia cada rincón, como una canilla que no deja de gotear y que a nadie le interesa reparar.

Las plataformas, preexistentes respecto a la pandemia, se volvieron fundamentales a partir de 2020 porque conectan el comercio digital con cada consumidor. Y este vínculo, que fue necesario a raíz del confinamiento, llegó para quedarse.

Solo a modo de ejemplo, más de 90.000 personas generaron ingresos a través de la aplicación Rappi en 2021. En marzo de este año, más de 24.000 personas entregaron por lo menos un pedido. Pedidos Ya, por su parte, cuenta actualmente con 35.000 repartidores activos en Argentina.

La característica central del modelo laboral que proponen es que, aunque la dependencia respecto a la empresa es total, el vínculo no está reconocido. A quienes acuden a este tipo de plataformas como una forma de procurarse un salario, les exigen contar con Monotributo.

Todo el material lo ponen ellos: su bicicleta, su teléfono, su cargador de batería portátil… y también su cuerpo. Soportan el cansancio y los accidentes. Aunque algunas empresas cuenten con algún seguro ante contingencias, no es la generalidad ni los mismos son lo suficientemente robustos respecto al riesgo que implican.

A los trabajadores de aplicaciones los requieren, incluso, cuando tienen la aplicación apagada y, aunque no es obligatorio aceptar todos los pedidos, se prioriza en la asignación a aquellas personas que tomen más pedidos. Si antes presionaba el jefe, ahora presiona el algoritmo.

Evidentemente, este paradigma llegó para quedarse y los actores políticos con más chance de éxito lo incorporan a su ideario con matices, pero sin rechazos. Quizás por esa razón, la resistencia -una vez más- viene desde abajo.

Es que, en este contexto, también surgió la primera huelga virtual. Hace algunos meses, varios trabajadores decidieron a través de varios grupos de WhatsApp conectarse con otros de la misma zona. La medida de acción directa fue llevada a cabo durante el fin de semana, días de mayor flujo en la demanda, y consistió tomar los pedidos, pero liberarlos en 30 minutos (tiempo máximo permitido). Cuando otro compañero tomaba el pedido, repetía la operación.

Este acto de rebeldía tuvo todas las características de una huelga. Antes habían existido protestas y movilizaciones, pero nunca una huelga. Y lo que obtuvieron rápidamente fue que se les pagara más por trabajar en ese momento. Y ese aumento no pudo retroceder.

Si avanza la precarización, evidentemente, también puede avanzar la protesta: si en el nuevo paradigma lo que presiona es el algoritmo, la creatividad trabajadora de la protesta también debe ir por allí.

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