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Aceptar y continuar

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Las medidas de aislamiento en virtud de la pandemia llevan ya varios meses, sin que exista un horizonte claro respecto a un posible final de las mismas. Por el contrario, se imponen nuevas reglas, bajo el nombre de “nueva normalidad”, que parecen tener más vocación de perpetuidad que de ser pasajeras.

Es, precisamente, esa forma de llamar a la nueva etapa la que nos lleva a considerar que lo sucesivo será diferente, pero que tendremos que considerarlo “normal”, con todo lo que eso implica. Parte de esto, quizás, pueda explicarse teniendo en cuenta la rapidez con la que transitamos nuestras vidas. La velocidad y lo inmediato, son características de la forma de vida irreflexiva y alienada que propone el capitalismo.

En cierto punto, podríamos decir que no tenemos el control de nuestras vidas. No hay opción o no habrá opción para la mayoría de las personas, salvo adaptarse y continuar. La “nueva normalidad” es promovida por el gobierno como una suerte de panacea y propiciada por sectores opositores con aún más fuerza.

Sin ir más lejos, días atrás volvió a la escena pública Mauricio Macri en una entrevista para el ciclo “La otra mirada”. En el paradigma de lo inmediato, fueron sus declaraciones coyunturales las que más repercusión tuvieron. Pero también tuvo tiempo para expresar cómo lee el presente y el futuro el sector ideológico al que representa.

En tal sentido, consideró que deberían haberse equilibrado las medidas sanitarias con la “salud laboral”. Esta expresión no es más que un eufemismo -de esos que sobran en la política doméstica- para referirse a la apertura de los esquemas de aislamiento, con el fin de sostener el aparato económico, dando lugar a la tecnología y a las nuevas modalidades laborales.

Es fácil sostener una postura así desde su lugar, no sólo de observador sin poder de decisión, sino también de persona que, si se contagia de coronavirus, no correrá peligro y recibirá atención médica privilegiada; si el teletrabajo del futuro degrada derechos laborales, no estará afectado; si se incrementa la violencia policial, no se perjudicará. Es sencillo, desde su lugar, proponer a las clases populares simplemente agachar la cabeza, aceptar y continuar.

No son válidas en nuestro país o en Latinoamérica las respuestas que dieron a la pandemia en Europa, China o Estados Unidos, por las características demográficas y sociales de nuestras naciones. En nuestra región son frecuentes las grandes metrópolis superpobladas, con altos niveles de pobreza y sistemas de salud débiles.

En lugares como las villas y asentamientos, el Estado llegó ante la pandemia como nunca antes lo había hecho. A Villa Azul, en el AMBA, por el aislamiento a raíz del brote de coronavirus, llegaron por primera vez el RENAPER, la ANSES, el Ministerio de Salud y hasta los cajeros automáticos.

El virus y la respuesta inmediata que se encontró, las cuarentenas, atacan sobre todo a la producción y por esa razón preocupan: cuando las fábricas producen menos, las planillas de Excel que llevan los ejecutivos no se ven lo prolijas que les gustaría.

El eufemismo “salud laboral” implica volver sin chistar a esa lógica de producción explotadora en la que se acrecientan los riesgos de los mismos sectores de siempre. Funciona como una reafirmación de la actual estructura de clases, esta vez, con una cara que se percibe novedosa y moderna, pero tan conservadora como siempre.

Claro que los miedos ante un futuro incierto son legítimos, certeros y concretos. También es cierto que exceden a lo que sucede en Argentina: el coronavirus sacude al mundo entero. Lo contradictorio es que los canalicen las distintas expresiones de mercado, sin ninguna lectura de qué nos trajo hasta acá y qué humanidad queremos ser. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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