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Una sociedad sobremedicada

Por Maia Franceschelli

El consumo de medicamentos es algo que realizamos continuamente, no sólo para curar enfermedades, sino incluso también como método para prevenir posibles malestares o aun cuando no se trata de dolencias, por ejemplo, la proliferación de “medicamentos” antienvejecimiento.

El uso de fármacos se encuentra extendido en todas las especialidades médicas, es protagonista en todos los niveles del sistema de salud y constituye el procedimiento terapéutico más habitual en dichos profesionales.

Su utilización también se basa en la concepción que cada uno ha desarrollado con respecto a la droga, de acuerdo a experiencias personales anteriores o por fuentes de información externa, como lo son las publicidades que influyen fuertemente en la toma de decisiones, mediante slogans que aseguran una inmediata mejoría alentando a comprar el producto de último momento pues, cuanto más nuevo, más eficaz.

Varias son las denuncias que ha realizado la Asociación de Agentes de Propaganda Médica (AAPM) ante la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica). Una de ellas fue debido a una campaña publicitaria de “Aspirineta”, donde recomendaban tomar una dosis diaria para prevenir infartos, levantada de los medios audiovisuales por la falsedad de su contenido. Otra se registró en un evento deportivo en la ciudad de Buenos Aires, donde se entregó -sin ningún tipo de supervisión ni atención medica pertinente- el fármaco “Actrón”. Estas prácticas no contribuyen a fomentar el uso racional de los medicamentos.

Un relevamiento realizado por la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA) consideró alarmantes las cifras de personas que consumen regularmente medicamentos sin previa consulta médica. En su informe, se reportó que el 82% de las personas encuestadas en las provincias de Buenos Aires y Córdoba, toman medicamentos de venta libre, y que más de la mitad desconoce los efectos adversos.

Diversos son los factores que contribuyen a que la industria farmacéutica tenga muchísimo poder de mercado: la tecnología avanzada que utiliza, sirviéndose de ramas como biología, bioquímica, ingeniería, microbiología, farmacia y farmacología, medicina, enfermería, física, etc.; forzando a las legislaciones a favorecer sus intereses y maximizando sus beneficios, gracias a su alcance global.

Asimismo, las farmacéuticas adquieren materias primar en países donde son más baratas, con sus fábricas instaladas donde las condiciones laborales resultan ventajosas, y distribuyendo sus productos en países con mayor poder adquisitivo. También influye la capacidad de penetración y poder económico de los monopolios, donde pocas empresas relativamente enormes, pertenecientes a un grupo reducido de países, dominan prácticamente la totalidad de la producción, investigación y comercialización de los fármacos a nivel mundial.

En Argentina, de acuerdo al tercer informe del INDEC del corriente año, la facturación total de esta industria registró $ 35.015,8 millones de pesos, lo que representa un incremento de 34,9% en relación con el mismo trimestre de 2017.

La cultura sanitaria de los países industrializados ha favorecido la opinión de que cualquier dolencia puede resolverse con un medicamento. De hecho, las empresas gastan el doble en marketing y publicidad que en investigación y desarrollo. Nada más lejos de la realidad, pues no existe medicamento inocuo: todos los medicamentos sin excepción pueden producir efectos secundarios, indeseables o adversos. Según un informe del Colegio de Farmacéuticos y Bioquímicos de Capital Federal, el abuso de medicamentos es, después de la ingesta de alcohol, la segunda causa de intoxicación atendida en hospitales.

Es en estos tiempos de cambios, de deconstrucción y emancipación de los cuerpos, el momento de rever y repensar estas prácticas que tan naturalizadas tenemos.

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