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Una revolución silenciosa

Por Maia Franceschelli

El ritmo actual de la sociedad nos lleva a realizar muchas acciones diarias como si estuviésemos en piloto automático, sin detenernos a pensar. La alimentación se presenta como uno de esos casos.

Existen muchas y variadas formas de estar en contacto con lo que consumimos, a las que quizás por falta de tiempo o por las obligaciones diarias, no les prestamos la suficiente atención.

Una de ellas es contar con una huerta en casa. Parece un asunto que presenta muchas complejidades, aunque en realidad no sea así. No requiere de grandes espacios e incluso hay diversas alternativas que se pueden adecuar a nuestras realidades como por ejemplo huertas colgantes en balcones, huertas en macetas o huertas hidropónicas, es decir, aquellas que se desarrollan en el agua.

Sus beneficios son múltiples. Desde el punto de vista económico son varias las virtudes que podemos encontrar: por un lado, todo aquello que se produzca no será necesario comprarlo. Además,posibilita la generación de fuentes laborales, redes comunitarias de intercambio, trueques u otras formas de organización colectiva. 

Fomentar la creación de huertas puede disminuir el impacto ecológico, generar recursos y empleo, contribuir ala nutrición de las personas, reciclar desechos y aprovechar mejor las tierras actualmente en desuso. Asimismo, permite reducir la distancia entre productores y consumidores y consecuentemente bajar precios y solucionar problemas de desabastecimiento.

Cuando hablamos de huertas, hacemos referencia al concepto de soberanía alimentaria. Este término implica el derecho que tenemos para definir y llevar a cabo políticas y sistemas alimentarios y agrícolas a través de métodos sostenibles y saludables. La soberanía alimentaria abarca también el acceso a alimentos suficientes y nutritivos.

Poner en práctica la soberanía alimentaria cultivando nuestros propios alimentos impacta favorablemente en nuestra salud y economía. También, y no menos importante, en la ecología: empezamos a tener un control sobre la calidad de lo que ingerimos y esto no es un dato menor, pues están comprobadas -aunque no tan difundidas- las consecuencias negativas que tienen los agrotóxicos no sólo en la salud de los seres humanos,sino de todos los seres vivos.

Sin desconocer la pertinencia de los controles bromatológicos, los mismos revisten mayor importancia en los productos de tipo industrial. Cuando la producción está a cargo de quien la va a consumir, la conciencia de cómo se gestó ese alimento es plena. Cuando hay intermediación en el proceso es cuando el control de calidad toma relevancia.

Si bien existen estudios a corto y mediano plazo del impacto que genera en la salud de las personas el uso de insumos químicos, lo cierto es que a largo plazo sigue siendo una incertidumbre cuáles son sus reales implicancias.

Peor aún, incluimos en nuestra dieta alimentos de los cuales estamos completamente alienados, sin saber qué contienen ni cuál es su proceso de producción. Es nuestra responsabilidad tomar un rol activo, porque somos nosotros los encargados de educar a las actuales generaciones.

La alimentación no escapa de ser un negocio más y cabe preguntarnos ¿a quién beneficia? ¿A la salud de las personas o a las empresas que incrementan contundentemente sus ganancias, sin medir otros costos que no sean los económicos?

El tiempo que podamos dedicarles no debe representar un problema pues, como mencionamos, existen formatos u opciones que se adaptan a nuestras rutinas. El esfuerzo pasa desapercibido en relación a los beneficios que generan.  

Las huertas hogareñas ya son un hecho, y silenciosas siguen avanzando.

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