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Un lenguaje vivo

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El llamado “lenguaje inclusivo” volvió en las últimas semanas a instalarse como un tema en debate: algunas dependencias del Estado, como PAMI o IOMA, comenzaron a aplicarlo en instancias institucionales, generando críticas y elogios.

Esta modalidad del lenguaje, además de cuestionar que sea azaroso generalizar empleando el masculino, busca escapar del binarismo biológico -y con alto contenido político- “hombre” o “mujer”.

La ONU, por ejemplo, reconoce 112 géneros diferentes. Esto da la pauta de que considerar simplemente dos (y aglutinarlos lingüísticamente en uno) resulta violentamente impreciso, además de poner de manifiesto que es imposible enumerar las formas de autopercepción en una lista.

Cuando se critica esta variante, queda sin responder por qué negarse a una modalidad del lenguaje que tiene la potencialidad de abarcar a todas las identidades posibles. Probablemente porque no existe tal respuesta, sino que se trata de meras reacciones.

En términos políticos, son “reaccionarios” quienes aspiran a instaurar un estado de cosas anterior al presente. Y el lenguaje inclusivo está sucediendo: hasta el mercado aceptó que es cultural y difusa la línea entre los dos únicos géneros que las miradas conservadoras biologicistas proponen y en la moda andrógina o “no binaria” vemos un claro ejemplo de ello. Otro ejemplo es que uno de los principales partidos políticos argentinos de la última elección emprendió su campaña bajo la consigna “todos, todas, todes”.

Ante la carencia de argumentos válidos, sucede algo llamado “racionalización”: un mecanismo de defensa contrario al razonamiento que consiste en justificar acciones o pareceres de manera tal que eviten la censura.

Las críticas -muchas de ellas a través de piezas virales en redes sociales- se centran en cuestionar la aparente “falsa inclusión”: se basan en ponderar la lengua de señas o el Braille (de indiscutible importancia) como prioritarios. Como si resultase justo medir entre minorías excluidas desde la mirada hegemónica.

Una de esas piezas virales señala que “un verdadero lenguaje inclusivo es que todo niño desayunE, almuercE, meriendE y cenE”, resaltando las letras “e”. No sólo se involucran cuestiones que no tienen que ver con el habla, sino que también omiten que los empleos del lenguaje machista, no atentos a las diversidades, atraviesan por igual a todas las personas: incluso a aquellas con discapacidad, y también a las que están en situación de pobreza. Pueden existir, por ejemplo, personas pobres no binarias. O personas con ceguera que se perciban género fluido. En todos los casos, merecen sin anularse entre sí, un soporte para comunicarse, alimentarse adecuadamente y también ser llamados de acuerdo a su identidad.

Sin ir más lejos, la RAE define hombre como “ser animado racional, varón o mujer”. Al buscar mujer, la Real Academia dice “persona del sexo femenino”. La diferencia es notoria, y resalta el estado de cosas que el lenguaje -siempre en construcción mediante su uso- viene a legitimar cuando se erige una autoridad conservadora para determinar lo que es válido.

Las marcas estrictamente masculinas en la lengua son denunciadas por feministas desde hace décadas y estos llamados de atención buscan más que la institucionalización. De nada sirve un empleo “políticamente correcto” del lenguaje inclusivo si no se traduce en mayores libertades para quienes no se representan en el binarismo propuesto.

¿Es la solución a todos los problemas el lenguaje inclusivo? No, pero sí cumple una clara función de advertencia: genera un ejercicio de desestabilización de una lengua generalizada, y fisura la sensación de quietud. Desde su valor simbólico, hace notar existencias que -de otra manera- permanecen invisibles en todos los estratos de la sociedad. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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