|  

Todos los cuerpos son reales

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Llega el verano y focalizamos la atención en observar los cuerpos de las otras personas. Hay que ponerse el traje de baño y, todos sabemos, para quienes no poseemos un cuerpo perfecto eso puede ser algo traumático.

¡Tips para llegar al verano! ¡La dieta perfecta para quitar los kilos de más! ¡Trucos para adelgazar sin morirse de hambre! El bombardeo de aquellos medios que reproducen imágenes irreales hace lo suyo, acentuando la presión.

Una presión que es multidireccional. Desde los comentarios referidos a la apariencia cuando saludamos, hasta la pesadilla que puede resultar conseguir ropa para quien no tiene las medidas que la sociedad (mal)considera perfectas, pasando por el mundo de la comunicación audiovisual en el que jamás aparece un cuerpo gordo escapando del sentido común, que es encasillarlo: el gordo es eso y nada más.

Nos centraremos en dos puntos interesantes: los talles y las representaciones comunicacionales. En el primer sentido, algunos sectores de la sociedad civil- en particular la ONG AnyBody- critican que las molduras con las que se confecciona la ropa datan de hace 50 años y están basadas en criterios europeos. Proponen realizar un estudio antropométrico que arroje resultados actuales y basados en medidas argentinas.

Fomentan la modificación de la Ley de Talles, al considerar que no se aplica. Se trata de una ley provincial, razón por la cual hay 14 diferentes en todo el país. Solicitan que exista una normativa nacional en la materia.

Denuncian que suelen faltar talles correspondientes a cuerpos socialmente aceptados. A gran parte de la población le cuesta conseguir ropa. Esa experiencia, desde una niñez que impone el ideal de “ser flaco y lindo”, genera inconmensurables conflictos de imagen, de autoestima y de personalidad, 0acarreando desprecio por el propio cuerpo.

Así llegamos al segundo punto: las representaciones simbólicas de la gordura. En revistas, telenovelas, publicidades y en todo producto de comunicación no suelen aparecer personas gordas. Y, si aparecen, tienen que demostrar que son más que el número de la balanza. Tienen que esforzarse el doble.

En el imaginario promovido por la cultura hegemónica se caracteriza a la persona gorda como enferma, vaga, sucia y hasta depresiva. Suele hablarse de un “sujeto inferiorizado” y de “patologización”: todo cuerpo con kilos de más vale menos o está enfermo, lo cual se presume y se lamenta sin interesarse en conocerla. Como si no existiesen gordos felices, profesionales, enamorados; o como si los males sólo pudiesen tener como origen el peso corporal.

Un gran exponente es el programa de televisión en el que una decena de participantes se somete a ser estudiado y examinado como rarezas, como objetos de laboratorio. A diario, ante la mirada de millones de espectadores, se invade su intimidad y se pone en juego su dignidad, a lo cual los concursantes acceden con tal de llegar a esa meca inalcanzable que es la pérdida de peso. Este nivel de presión genera la exclusión de los cuerpos gordos.

Mientras tanto, hay todo un mercado de dietas, cremas reductoras, industria médica y productos “fitness”, cuyo segmento son las personas con cuerpos alejados de la norma y aquellas que no quieren sufrir los efectos relacionados a ellos. Negocio perfecto.

¿Qué podemos hacer? Repensar nuestros actos cotidianos. Procurar, al cruzar a otra persona, no hacer comentarios referidos al cuerpo como si esas características nos definieran. Pensar qué ideas sobre la gordura reflexionamos y cuáles reproducimos sin cuestionar, para ponerlas en duda. Comprender que el número de la balanza no nos determina, que todo cuerpo es real, es válido y no tiene por qué cambiar si es saludable.

Lo que sí debemos modificar es el peso de nuestra mirada sobre ellos.

Categorías