|  

Sobrevivir a Malvinas y descubrir el vóley como cable a tierra: La historia del carhuense Héctor Gallardo

Héctor Gallardo es sobreviviente del hundimiento del ARA Crucero Gral. Belgrano, en el que perdieron la vida 323 hombres. Actualmente se desempeña como entrenador de vóley en el Club Olimpo de Bahía Blanca. «El vóley fue mi cable a tierra», afirma.

«ME LIBERÉ DE TODO». Así explica Gallardo lo que vivió, al poder contar su historia en el entorno del vóley.

“Hoy tenemos el tema del Coronavirus y me reflejo por todo lo que he pasado: haber podido superar dos días y medio a la deriva en alta mar, sin comer, descalzo y solo con un pantalón corto y remera, y hoy poder contarlo. Haber estado alojado y sin salir durante un mes en galpones de guarnición militar de Azul y padecer la inundación de mi querido Lago Epecuén. Con esto quiero decirles que en la vida se pueden superar las adversidades, siempre con calma y haciendo todo como se debe, sin menospreciar a los que saben más que uno y con el correr del tiempo se logrará el objetivo. Es momento de derrotar esta pandemia y volver a vivir la vida como lo he logrado yo, siempre con contención y apoyo entre todos”.

Sus palabras erizan la piel. Él es Héctor Gallardo, conocido en el ambiente del vóley por verlo siempre en torneos abiertos, Copas Argentinas y la Liga, en los últimos años en el Club Olimpo de Bahía Blanca. El entrenador estuvo en Malvinas, nada más y nada menos que en el Crucero A.R.A. General Belgrano, bombardeado por los ingleses.

A 38 años del comienzo de la Guerra, repasa esta historia en la que a los 19 años se encontró yendo a una guerra casi sin saberlo y cuenta cómo fueron los días en el sur, la difícil vuelta a la Argentina con el martirio de los propios argentinos y cómo fue reinsertarse nuevamente en la sociedad para salir adelante, con el vóley como cable a tierra.

Su llegada a la marina en 1980

Su llegada al Servicio Militar fue, como les pasó a muchos en esa época, por sorteo. “Mi DNI termina en 257 y me salió el número 898, por lo que me tocó ir a la Marina”.

Corría julio de 1980 y mientras cursaba el quinto año de la Escuela Secundaria, él recuerda como si fuera hoy: “Me llaman para incorporarme a la Base Naval del Puerto Belgrano, pasé la revisación médica y el famoso bautismo (baile) donde pasábamos distintas situaciones de supervivencia”.

El destino quiso que luego de un mes lo manden al Crucero A.R.A. General Belgrano, como una segunda etapa de ese Servicio Militar en 1980. “Cuando lo vi no podía creer el monstruo que era y ahí tuve que empezar una nueva vida. Nos destinaron a distintos lugares y compartimentos del buque y a mí me tocó la zona de los radares y proa. Hicimos siete navegaciones a Ushuaia, a Montevideo y anclamos en Punta del Este. Además, hacíamos muchos zafarranchos de combate ya que en ese momento teníamos problemas con Chile por el Canal de Beagle”, relató Gallardo.

Finalizó esa etapa del Servicio Militar Obligatorio y volvió a su casa. Pero cuando parecía que todo había terminado…

1982: De creer que era una guerra con Chile a enfrentar a Inglaterra

Estaba en mi casa, de franco, y me faltaban cuatro días para que me den de baja del Servicio Militar, que en Marina eran dos años. Una noche, mientras cenábamos, me llama mi padre y me avisa que me tenía que presentar urgente en la Base Naval del Puerto Belgrano ya que iban a armar el Crucero A.R.A. General Belgrano. Saludé a todos y me fui”.

Y ahí empezó su historia. Esa que arrancó sin saber de qué se trataba y contó con los peores momentos, como así también los de superación.

“Llegué y era un caos total, los militares de tierra y Marina corrían de un lado a otro. No sabía qué pasaba, creía que íbamos a la guerra con Chile. Armamos todo en un día, cargamos comida y combustible y partimos, y recién en alta mar nos comunican que estábamos en guerra con Inglaterra. Nosotros nos mirábamos y nos reíamos, no lo creíamos. Recién cuando en la cantina del buque vimos en la tele las noticias, nos dimos cuenta de que era verdad”.

EN OLIMPO DE BAHÍA BLANCA. Héctor actualmente es entrenador en el mencionado club.

Los días en Malvinas, en el General Belgrano

El inicio desafiante de la estadía parecía muy lejano a la pesadilla que vendría después. “Estábamos tranquilos, a pesar de que era una guerra contra una de las potencias mundiales, de buen humor y tomando todo muy naturalmente. Además, nos inculcaban todo el tiempo que teníamos el desafío de defender nuestra patria: ‘Ustedes juraron la Bandera hasta morir’. Y eso no lo cambiás por nada, te hace estar al pie del cañón”, relata.

Y continúa: “Como en 1980, estaba en la parte de Proa y Radares y en esa primera etapa me interiorizaba de todo. En esos días, en la tele se decían todas mentiras como que íbamos ganando la guerra, como si fuera un partido de fútbol, y otras cosas más”.

“Nuestra misión era cuidar que los buques ingleses no entren a Chile a cargar combustible y custodiábamos la costa argentina. A la noche, en determinados horarios teníamos zafarranchos de combate como manera de entrenamiento”, cuenta el técnico.

Un día en la guerra en medio de bombas e incertidumbre: “Me levantaba a las 6AM a tomar la guardia hasta las 12, descanso y a cumplir tareas que me habían destinado. Cuando sonaba la alarma para hacer los zafarranchos salíamos así como estábamos, teníamos tiempo para compartir con los compañeros, pero siempre atentos a las normas y alarmas. No pensábamos mucho en dónde estábamos, todo era natural. Luego, a las 18 entraba de nuevo a la guardia hasta las 00”.

Miedo no teníamos, solamente estábamos nerviosos y alterados por lo que estábamos viviendo en alta mar y no saber qué nos iba a deparar el día. A su vez porque los chilenos nos seguían todo el tiempo para ver nuestros movimientos, eso sí era una pesadilla.

La vuelta a tierra firme: «La gente nos insultaba y tiraba cosas»

Pasó la guerra. Esa absurda guerra. Y la vuelta a casa de muchos de esos jóvenes que estuvieron en Malvinas y lograron sobrevivir no fue cómo esperaban. La paz no llegó.

“Fue muy desagradable. Una vez que llegamos a Río Grande en avión, de ahí nos llevan en micro a la Base Naval. En el camino veíamos como la gente en la ruta nos insultaba y nos tiraba cosas porque habíamos perdido la guerra, no lo podíamos creer”.

Pero, además de eso, Gallardo vivió un periplo para llegar a su hogar. “En la base nos dieron ropa y nos subieron a los camiones militares para trasladarnos a Azul. Nos alojaron en los galpones de la Guarnición Militar sin darnos ninguna explicación y nos dieron de comer porque habíamos llegado muy mal físicamente. Todavía no teníamos contacto con nuestras familias. Ahí estuve un mes”.

El verdadero regreso a casa

“Un día a la mañana nos hacen cantar el himno y jurar por la Patria y nos llevan desfilando al puesto de salida. En ese momento nos dicen ‘Se pueden ir’, así como animales, sin saber a dónde ir, sin dinero ni pasajes para volver a nuestros destinos”.

Y comenzó la vuelta a casa real, pero con detalles de película. “Preguntábamos en las estaciones de servicio, hacíamos dedo y le rogábamos a la gente que nos llevara, pero la gente estaba enojada con nosotros. Llegué hasta Espartillar, a 30km de Carhue y mi familia no sabía que yo estaba en camino. Pasa un auto y toca bocina. Frena y se baja un señor corriendo y otro más. Eran mi tío y mi papá, que habían llamado a Puerto Belgrano y les dijeron dónde estaba. Fue un sinfín de abrazos y llanto, pero yo quería llegar a mi pueblo y abrazar a mi madre y hermanas. Ese momento fue una sorpresa enorme y algo que no me voy a olvidar nunca”.

“Ya en casa y después de unos días de no querer salir, me levanté, salí al patio, vi el sol y me dije ‘estoy vivo’. Y fui a ver a mis cuatro compañeros con los que habíamos estado en esa maldita guerra y al encontrarnos nos dimos un fuerte abrazo. Fue maravilloso e increíble que los cinco habíamos vuelto”, finaliza.

EL CRUCERO GENERAL BELGRANO, en el que estuvo Héctor.

La posguerra: contención, fortaleza mental y exclusión

“Me levantaba y empezaba a gritar como si estuviera viviendo el día que nos bombardearon”. Los años posteriores, claro está, no fueron fáciles.

“Los primeros dos años fueron muy duros y mis viejos me ayudaron mucho, fueron mis psicólogos en todo y fundamentales en la contención. Ellos se enteraron de que estaba en el General Belgrano cuando nos bombardearon y desde ese día les quedó ese miedo por lo que al día de hoy, por ejemplo, tengo que decirles cuando me voy y avisarles cuando llego”.

Pero esa contención familiar no la vivió en su reinserción en la sociedad. “Nos llegaron a tratar de los ‘locos de la guerra’. La sociedad, el Estado y las Fuerzas Armadas nos excluyeron totalmente”.

“Con el correr del tiempo, poco a poco, nos insertamos nuevamente, fuimos reconocidos y tuvimos algunos beneficios, pero costó mucho y sigue costando. Por eso al día de hoy siguen los suicidios de veteranos de guerra, que no pudieron aguantar tanto atropello y discriminación de la sociedad”.

Y enfatiza: “Necesitamos de la contención y el cariño de todos, nosotros no quisimos ir a la guerra, nos obligaron cuando éramos jóvenes de 19 años”.

Educación física y el vóley como segundo psicólogo de la vida

En 1984 comenzó otra etapa importante ya que tomó la decisión de terminar el secundario: “Ahí empecé a vivir mi segunda vida y ser feliz”.

El camino no fue fácil. Después de haber padecido muy de cerca la inundación del Lago Epecuén en 1985, en 1986 a su padre lo trasladan a la policía de Bahía Blanca por lo que se fue a vivir a dicha localidad bonaerense.

“Me empiezo a asesorar para la carrera de Profesorado de Educación Física y evaluando alternativas me inclino por ir a Viedma. En el Instituto tenía como profesores a “Quique” Viola y José María Cuadrillero y ellos fueron responsables de que me insertara en el vóley; yo era fanático del básquet. Sin embargo, a mitad de año Raúl Alfonsín, el Presidente, quiso trasladar la capital a Viedma y me tuve que volver a Bahía porque era imposible sostenerse ahí por lo económico. Otro palo más en la rueda”.

Pero finalmente en Bahía Blanca encontró su lugar y su profesión. “Mientras seguía la carrera, me contactó la familia Pacheco, caseros del club Estudiantes, y me dicen que necesitan a alguien para el vóley en reemplazo de Adriana Re, que iba a tener familia. Y así empecé en el vóley”, relata y agrega: “Luego pasé al club Independiente y allí fue el trampolín para iniciar mi carrera y que el vóley sea en sí, mi segunda cosa, primero mis viejos y después el vóley”.

“Fue mi cable a tierra y lo será para el resto de mi vida, fue mi segundo psicólogo porque pude sacarme todo eso de contarle a mis jugadoras mi vida ya que en un momento no nos dejaban hablar de la maldita guerra a la que nos habían llevado”, completa.

A la hora de seguir repasando su vida en el vóley en ese momento difícil, Héctor Gallardo destaca en Mario Palacio, Hugo Jáuregui, Eduardo Medina, Javier Tadey y Daniel Maletta a los referentes que lo contuvieron y cuidaron en ese momento: “Fueron los primeros que me abrieron sus brazos cuando lo necesitaba, pero con el transcurrir del tiempo también fueron otros profesores, técnicos, padres y jugadoras que me fueron valorando y eso fue fundamental para mí”.

El día que el vóley hizo que pudiera cerrar la historia

Las vueltas de la vida. Increíble pero real, el vóley terminó siendo el protagonista del final de una historia de terror.

“Desde que terminó todo, una asignatura pendiente que tenía era poder encontrar a los papás de mi mejor compañero en el buque, Casali, que era de Villa Ocampo y falleció en la guerra a cinco metros de mí. Un día, estando en el tradicional Torneo Internacional de Villa Ocampo, en uno de los famosos asados de entrenadores, yo tenía a mi derecha un señor y una señora que yo pensé que eran de la organización. Después de cenar conté mi historia y en ese momento se levantan esas dos personas, me abrazan y me dicen que son los padres de Casali. No sabía qué hacer, me puse a llorar con ellos y gracias a Dios pude encontrarlos y sacarme eso que tenía en mi cabeza. Me liberé de todo”.

El mensaje final

“Haber estado en Malvinas te deja muchas cosas ya que fue pasar de ser un adolescente a ser un adulto en segundos. Crecí en forma rápida ante las adversidades que se me cruzaron en el camino y eso hoy, como estamos, es algo fundamental. Uno puede manejar y lograr ciertas cosas porque siempre nos inculcaron que no hay que bajar los brazos y llegar a la meta”. (Somos Voley/CAMBIO 2000)

Categorías

error: Content is protected !!