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Redes sociales

                      Por Maia Franceschelli

Nada novedosa resulta la crisis económica que venimos afrontando. El costo de vida aumenta constantemente y los salarios quedan estancos, en el mejor de los casos. Este contexto desfavorable que estamos viviendo nos impulsa a repensar el modo de generar ingresos para paliar la situación actual.

Una buena alternativa resultan ser -y no sólo cuando estamos en la cuerda floja, sino también como variante al sistema tal como lo conocemos- las economías autogestivas. Son formas autónomas de organización colectiva y de participación activa por parte de los trabajadores en el desarrollo y funcionamiento del emprendimiento, donde el manejo de los recursos es autónomo.

La autogestión permite sostenernos económicamente sin necesidad de intermediarios. Nos impulsa a repensar modos alternativos de producción, consumo y comercialización. Estas economías, al contar con un abanico de alternativas para llevar a cabo en su organización, posibilitan producciones tanto industriales como artesanales.

Se encuentran favorecidas las relaciones humanas en contextos donde se encaran emprendimientos de este tipo. Se resaltan los valores del cooperativismo, facilita la no jerarquización, hace partícipe a todos y cada uno de los trabajadores tanto en la toma de decisiones que hacen al funcionamiento como así también en los aspectos económicos del proyecto.

La relación directa entre trabajador y consumidor final permite respondernos a los cuestionamientos de cómo se producen las cosas que compramos y dónde compramos los productos que necesitamos.

Se realza la importancia de considerar al producto como una relación social que se avala o no de forma pecuniaria, beneficiando la valoración de cómo se hace el producto. Indefectiblemente pasamos así a recuperar el valor social de la actividad pues la misma no solo se conforma con el valor mercantil.

Se apuesta también a la recuperación del valor de uso, al considerarse que la actividad tiene un fin para el resto de las personas y ese fin es el uso del producto. Tomar el camino de la autogestión viabiliza la interacción con otros productores en un marco de heterogeneidad y multiplicidad.

Profundizando en el aspecto artesanal del artículo, encontramos variados beneficios. Suelen ser productos únicos puesto que su elaboración implica que cada pieza sea realizada por separado, de modo que lo obtenido resulta no ser igual a lo demás.

Reafirma aspectos culturales y tradicionales de quienes los fabrican, ya sea en su estilo, en colores, sabores, aromas, texturas, palabras, etc., existiendo muchas y diversas formas de plasmar características de una persona o lugar.

Fortalece la economía local, posibilitando experiencias comunitarias, redes sociales, donde las favorecidas resultan ser todas las partes de la cadena comercial. Así también abre senderos poco explorados de mecanismos mercantiles que se adaptan a las distintas realidades regionales.

Este tipo de labores resultan amigables con el medio ambiente. Los procesos de fabricación no requieren que se utilice maquinaría pesada o muy compleja que contamine, ya que se puede disponer solamente de algunas herramientas, la creatividad y la experiencia.

Si bien solemos pensar en este tipo de salidas cuando estamos acorralados por políticas gubernamentales, hay quienes ya se plantean desde hace tiempo a la autogestión como una forma de vida. Tal vez la crisis sea el puntapié para lograr desarrollar tareas que resultan amistosas no sólo con el resto de los seres humanos sino con todo el Planeta Tierra.

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