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¿Puede inaugurarse una cárcel con una sonrisa?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Ya inmiscuida en el año electoral, María Eugenia Vidal inauguró días atrás una nueva cárcel juvenil. Está ubicada en Campana y es presentada como una “unidad modelo”. Tiene capacidad para alojar a 600 jóvenes de entre 18 y 21 años y -destacan- cuenta con talleres, huertas y espacios para enseñanza. Se busca, según la Gobernadora, la tan renombrada “reinserción social” de quienes delinquen.

¿Contribuye la construcción de esta nueva cárcel, en algún sentido, a mejorar el sistema carcelario? Podemos hacer varias observaciones.

En principio, gran parte de la discursiva de la Gobernadora se basa en mostrarse apacible, agradable, simpática. Esta vez no fue la excepción, aunque la ocasión no era la ideal. Cuesta ver la buena noticia en la apertura de una cárcel en la que se alojará el sector más joven de la población carcelaria: aquellos que, probablemente, están hipotecando su futuro al estar inmersos en un sistema que no resocializa ni reinserta, sino que es inhumano y desocializante.

Quizás si en las cárceles pasara otra cosa podría tener lugar una sonrisa. Pero actualmente en el Sistema Penitenciario Bonaerense hay 38.320 internos alojados en 20.071 plazas, lo cual arroja una sobrepoblación del 91%, con las consiguientes condiciones deplorables de detención que eso implica.

Esto quiere decir, en principio, que la inauguración de una sola cárcel no impacta en la situación. Pero, más allá de eso, debemos pensar si es el mejor el sistema actual, que desde su existencia no presentó mejora alguna en los índices de delincuencia ni en la mentada reincorporación en la sociedad. Si no estaremos celebrando un nuevo paso hacia un fracaso anunciado.

En ese sentido, la Gobernadora habló de “abandono” del sistema carcelario, pareciendo omitir que estamos transitando los últimos meses del mandato para el que fue elegida. A esta altura de los hechos no puede escindirse de su responsabilidad en el olvido de las prisiones bonaerenses, que es real. Su retórica, propia del primer mes de gestión, no resiste análisis.

Las cárceles están superpobladas de personas pobres y que no finalizaron sus estudios básicos, gran parte privadas de su libertad por delitos de hurto y robo o vinculados. En ellas el nivel de violencia es extremo, volviéndose inhumano y generando un estigma que no se irá nunca. Esto marca que, inverso a lo que suele decirse, las prisiones cumplen un rol de control social más que de reinserción.

Los internos de cárceles bonaerenses son trasladados con frecuencia a otras unidades. Existen pocos y volátiles programas de educación y trabajo en prisiones. Esto genera que queden siempre inscriptos en largas listas de espera, por los pocos cupos que disponen. Son contados los convenios con instituciones educativas… y podríamos seguir enumerando.

Por esa razón hace ruido la palabra “modelo” con la que se nombra a la nueva penitenciaría. ¿Qué es un modelo? Algo a imitar, a reproducir, a copiar. No parece ser el caso.

Este panorama no va a mejorar con las mismas reglas carcelarias, pero en plazas a estrenar. La sensación es que el modelo carcelario tal como lo conocemos fracasó y va a seguir chocando contra una pared porque no ofrece soluciones nuevas a problemas viejos. Siquiera nos atrevemos a explorar otras posibles vías, que existen muy cerca de nuestra provincia y de nuestro país.

Resulta claro que hablar de seguridad es rendidor en términos de opinión pública y útil en términos de imagen para un oficialismo que aspira a ser reelegido. También podemos entender que la política oficial en esta materia sea mayor encierro y mayor punitivismo, sin ningún cambio de rumbo. Lo que no puede suceder, es mostrarlo con una sonrisa.

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