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Naturaleza esclava

Por Maia Franceschelli

Entre los deseos que traen las festividades, habiendo transitado hace poco por ellas, cabe analizar uno que siempre surge, un pilar fundamental para poder satisfacer las necesidades básicas de este modelo capitalista en el cual nos encontramos inmersos.

De la mano de un nuevo gobierno que promete restaurar lo que el anterior destruyó en términos laborales y económicos, se espera la generación de más y mejores empleos para paliar la crisis que nos atraviesa.

Pero… ¿a qué y dónde se apuesta cuando se habla de crear nuevos puestos de trabajo? Hemos mencionado con anterioridad que tanto el actual mandato como los anteriores tienen un eje en común que pocos cuestionan: los mega proyectos mineros, petroleros y agro-ganaderos, los principales aniquiladores de todo ecosistema y ser viviente que éstos albergan.

Uno de los puntos que hacen a la aceptación de la población es, precisamente, la promesa de nuevos puestos laborales. Junto con ésta generación de empleos -que alberga en su matriz una visión exclusivamente antropocéntrica- lo que no se menciona pero ocurre efectivamente es una destrucción constante del medioambiente.

Entre los años 1990 y 2015, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, sus siglas en inglés) Argentina, con la tala indiscriminada de bosques nativos para la posterior instauración del modelo agroexportador sojero ganadero -soja transgénica y ganadería intensiva- fue uno de los diez países que más deforestó en el mundo: 7,6 millones de hectáreas, el tamaño de la provincia de Entre Ríos.

El ritmo acelerado y el avance de estas medidas se han incrementado en los últimos años. Se estima que únicamente en el año 2018, la superficie deforestada en las provincias de Salta, Santiago del Estero, Formosa y Chaco fue de 112.766 hectáreas, siendo el 40% de este desmantelamiento realizado en bosques protegidos por la Ley de Bosques, alcanzando un equivalente a dos veces la ciudad de Buenos Aires. 

Otro de los terroríficos ejemplos -sobre los cuáles ya nos hemos expresado- son los asentamientos de grandes multinacionales que se dedican a la explotación de yacimientos mineros y petrolíferos.

Tristemente, escaza resulta ser la información que relate sobre las sequías, inundaciones, monóxido de carbono generado, impacto en los suelos, fauna y flora afectada directa e indirectamente, y personas con enfermedades cancerígenas, producto de estas actividades.

Todo esto nos lleva a preguntarnos, ¿es necesario seguir creando puestos de trabajo que no contemplen sino únicamente al hombre? ¿Acaso no hemos dimensionado ya que sin la grandeza de la naturaleza toda no podemos existir?

Como plus cabe mencionar que, mal que nos pese, la etimología del vocablo trabajo proviene del latín tripalium que significa “tres palos”, el cual era un instrumento de tortura con el que se amarraba al esclavo para castigarlo; por lo tanto, si el sufrimiento lleva unida una retribución económica, tenemos aquí nuestro actual concepto de trabajo.

Seguir reproduciendo lo que está instaurado sin frenar a pensar y reflexionar, no sólo nos hace cómplices de la destrucción del planeta Tierra, también nos hace partícipes de la esclavitud moderna. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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