|  

Matando la naturaleza

Por Eliana Arias

Como ya se sabe, el glifosato no solo mata a las “malezas”, sino que, además se dice que es cancerígeno. También se escucha que mata a las abejas u otras especies beneficiosas.

En un estudio publicado el mes pasado por investigadores de la Universidad de Texas concluyeron que el glifosato es peligroso para las abejas, según la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Para la investigación, los científicos alimentaron a las abejas con una solución de azúcar con glifosato, en una concentración que también se produce en el medio ambiente. En otro grupo, el de control, las abejas recibieron azúcar sin herbicida.

Después de tres días, las abejas que recibieron el cóctel de glifosato habían perdido algunas de sus bacterias benignas en el intestino. Por eso los investigadores concluyen que el glifosato puede debilitar el sistema inmunológico de los insectos alterando su microbioma intestinal. Esto, según los científicos, es una prueba de que el glifosato contribuye al declive de las abejas melíferas en todo el mundo.

Mientras que la agencia contra el cáncer de la Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que hay evidencia de que el glifosato “es probablemente cancerígeno”. El Parlamento Europeo pide la prohibición de estos herbicidas para el año 2022. A finales de 2017, la Comisión Europea recomendó extender la licencia por cinco años. Esperemos que para 2022, no extienda el periodo nuevamente.

Son notables las veces que este problema ambiental se comunica, se publica y se comprueba, pero mas sorprendente es la falta de concientización, como si nada fuera a pasar.

Hace poco, falleció Fabián Tomassi uno de los representantes de los pueblos fumigados, un entrerriano que llevaba en su cuerpo las marcas irreversibles de los agrotóxicos y padecía “polineuropatía tóxica metabólica severa”, una patología originada por el glifosato.

En su imagen aparece un hombre escuálido y consumido, castigado hasta lo inimaginable y expuesto como muestra del envenenamiento, que se convirtió en un testimonio del impacto de los venenos producto de las multinacionales Monsanto-Bayer.

Este hombre había sido peón de campo y obrero antes de conseguir trabajo en 2005 para la empresa Molina en su ciudad natal Basavilbaso. Era fumigador y contrajo la enfermedad a raíz del contacto con los venenos, ya que, según explicó, nadie le advirtió de los riesgos que corría y trabajaba sin protección.

Según su testimonio en varias entrevistas, su tarea era abrir los envases que contenían las sustancias químicas -entre las que había glifosato-, volcarlas en un recipiente de 200 litros de agua, y enviarlas por una manguera hacia la aeronave para que rociara los campos sembrados con soja.

Sobre su trabajo contó: “Era verano, trabajábamos en pata y sin remera, y comíamos debajo de la sombra del avión que era la única sombra que había en las pistas improvisadas en el medio del campo. La única instrucción que yo recibí fue hacerlo siempre en contra del viento, así los gases no me afectaban”. Insistía: “Lo que más duele es el silencio de la mayoría, y todos esos niños que nacen con malformaciones por los agrotóxicos en un país sin asistencia y que les da la espalda. Mientras, las empresas que los fabrican, los medios que los defienden, y los funcionarios que los permiten, insisten con llamarlos fitosanitarios, como si no mataran, como si la vida no importara”.

Se pueden ver secuencias del documental realizado, donde hay comunidades que conviven con el peligro y la enfermedad. Tomemos conciencia, somos también un pueblo fumigado, no solo las llamadas “malezas” y las abejas están en peligro, sino toda la naturaleza de la que somos parte.

 

Categorías