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Los sótanos de la democracia

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Un sótano es un recinto que se sitúa debajo de una construcción, por lo general, de una casa. El sótano no es perceptible a simple vista. Suele ser oscuro y tener humedad. Es el lugar para guardar aquello que no queremos mostrar.

Así se refirió Alberto Fernández, en su discurso inaugural, a la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), cuando anunció su intervención. El espionaje y el ejercicio abusivo de la inteligencia se constituyeron como un sótano en nuestro país.

Comunicó, de esa manera, tres intenciones: la intervención de la AFI, la eliminación de los fondos reservados que se establecieron por decreto en 2016 y el redireccionamiento de esas partidas al programa “Argentina contra el hambre”.

Los discursos inaugurales suelen estar cargados de optimismo y buenas intenciones que, luego, deberán lidiar con el ejercicio real del poder y las resistencias que ejercerlo implica. No obstante, la intención de depurar aquello que corresponde al ejercicio de la inteligencia de aquello que es espurio debe ser celebrado, luego de décadas de ostracismo y unos últimos años particularmente repudiables en ese sentido.

Las dependencias de inteligencia son las agencias gubernamentales dedicadas a obtener información, fundamentándose en la seguridad nacional. En Argentina la inteligencia se confundió con secretismo y la “seguridad nacional”, en los hechos, se transformó en espionaje vinculado con el poder de turno.

Particularmente, la existencia de presupuestos reservados (de los que nadie rinde cuenta) es opuesta al concepto mismo de democracia, en el que el acceso a la información pública es siempre una meta a la que aspirar. El secretismo ganó en materia de inteligencia.

La cabeza de la agencia fue reservada para leales y no para expertos. Se utilizó con arbitrio el poder que implica dominar la información con la que cuenta este enorme aparato, incluyendo aspectos privados y hasta íntimos de funcionarios, periodistas y ciudadanos de a pie. No fue una excepción su uso para fines de política partidaria. Ese mismo oscurantismo generó como consecuencia lógica el poco conocimiento sobre qué información dispone la agencia acerca de cada uno de nosotros.

Fernández empleó, para referirse a su proyecto, el lema “Nunca Más”, de gran valor simbólico en nuestra sociedad, por su vinculación con las consignas post dictadura de 1976.

La estructura de la Secretaría de Inteligencia se reformó precisamente en ese año y estuvo vigente hasta 2015 cuando -luego de la muerte del fiscal Alberto Nisman- la entonces presidenta la modificó. No obstante, muchos de esos vicios van más allá de un cambio en el organigrama.

El caso Nisman, próximo a cumplir cinco años, desnudó muchas de estas cuestiones. Quizás la principal fue la existencia de un “súper hombre”. También la estrecha vinculación de la dependencia con potencias extranjeras. Y la relación entre Poder Judicial e inteligencia: la utilización de información personal, incluidas escuchas ilegales, para el armado de causas y noticias falsas o descontextualizadas fue y es moneda corriente.

La separación de esos ámbitos deviene como un imperativo si de democracia hablamos. El control parlamentario y ciudadano es esencial, como así también la actualización del concepto de “seguridad nacional” que ya no es igual al vigente en los años 70.

Probablemente la reforma necesaria pueda resumirse, simplemente, en la necesidad de separar claramente investigación de inteligencia, e inteligencia de espionaje.

El paradigma debe ser la información como bien común y la inteligencia como un aspecto estratégico de la función pública: con reglas claras, con fundamentos y objetivos, lejos de las arbitrariedades y el abuso de poder.

Caso contrario, seguirá siendo uno de los sótanos de la democracia. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000).-

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