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La voz de los que ya tienen voz

Por Lautaro Peñaflor Zangara

“¿Es mejor que un niño trabaje, a que robe o se drogue?”. Así tituló el diario La Nación una nota publicada la semana pasada, en la que aparentemente buscaba “desterrar mitos” respecto al trabajo infantil.

El rechazo que generó el título obligó al medio a cambiar el nombre del artículo, pero los efectos ya estaban generados. Siendo uno de los sitios más leídos en el país, miles de personas se encontraron con una nota cuyas primeras palabras reducían a la niñez a tres opciones no sólo indeseables, sino además contrarias a toda coherencia: trabajar, robar o drogarse.

Una construcción simplista trazada desde las líneas de La Nación, pese a que la situación de la niñez en nuestro país motiva debates más profundos que la falsa dicotomía planteada por el matutino.

En Argentina, según el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia elaborado por la UCA, el 15,5% de los niños de entre 5 y 17 años trabajan. Respecto a 2017 la cifra aumentó tres puntos porcentuales y medio, rompiendo la tendencia a la baja que había primado desde 2010 hasta siete años después.

Además, según el mismo relevamiento, el 29,3% de los niños y niñas de Argentina sufren inseguridad alimentaria. Es decir, no pueden acceder a los requerimientos de alimentación más básicos para alguien de su edad.

A ellos se refiere ese titular: no a cualquier niño, sino a ese tercio de niños con carencias. A los pobres. Los chicos pobres se drogan. Los chicos pobres roban. Por eso, si trabajan, está bien. Es una solución a otras problemáticas percibidas como peores, siguiendo su línea de razonamiento.

Las construcciones en este sentido no son un invento actual. No plantean nada nuevo sino que vienen a reforzar conceptos que están tristemente naturalizados entre nosotros y que tenemos el deber de desandar.

Podemos recordar el informe televisivo difundido meses atrás en el que se relataba la historia de “El Polaquito”: un niño de 12 años que supuestamente… consumía drogas y estaba vinculado a hechos delictivos. La asociación es simple y se repite: pobreza, delincuencia, drogadicción.

Así, sin profundidad, sin desarrollo, sin proponer ninguna vía que pueda contribuir a mejorar el estado actual de cosas. Sólo el morbo de exhibir a un niño en televisión mostrando un arma o la estrategia de un título efectista que permita conseguir clicks fácilmente. Irresponsabilidad, podríamos llamarlo.

En algunos pasajes del artículo se refieren al trabajo infantil con eufemismos como “realización de tareas productivas”, o emplean la expresión “ayudó en una cosecha” para hablar del trabajo de un menor. En rubros como el rural o la cocina de ladrillos, el trabajo de menores es moneda corriente. Por eso, esas palabras presentan versiones lavadas de una realidad que deberíamos rechazar de manera unánime.

Nadie de nosotros desea que nuestros hijos trabajen. ¿Por qué sería un valor en otras personas? ¿En qué dimensión representaría una opción válida frente a un supuesto consumo de drogas o la aparente comisión de delitos?

La visión de La Nación es una mirada desde el poder, de aquellos que ya tienen voz y que son incapaces de ver en un barrio pobre algo que pueda relatarse sin una mirada verticalista y de superioridad. Si bien el título fue modificado, no hubo una explicación de su parte. Mucho menos una retractación o un pedido de disculpas. ¿Quién pediría disculpas a los pobres?

La niñez es una etapa para crecer, para aprender, para jugar, para realizar actividades recreativas y formativas. Nunca para trabajar. Lo dice la Declaración Universal de los Derechos del Niño, pero no debería ser necesario que lo plantee expresamente un tratado internacional o una ley: es una cuestión de empatía y sentido común. (Especial para Cambio 2000)

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