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La vital interdependencia

Por Maia Franceschelli

Hace pocos días se conocieron dos noticias referentes a osos y por cierto, ninguna sobre sucesos positivos. Ambas noticias, a pesar de compartir a los protagonistas, nos revelan mucho sobre nuestro compartimiento humano.

En la ciudad rusa de Telnaj, situada por encima del Círculo Polar Ártico, fue visto vagando en mal estado un oso que recorrió unos 500 kilómetros desde su hábitat natural, el mar de Kara, debido al hambre.

El calentamiento global, provocado por el ser humano, se muestra como principal responsable de que las distintas especies -como el oso plantígrado ártico- se tengan que inevitablemente desplazar en busca de alimento. En el caso particular, a causa de la disminución del hielo ártico. Esto está modificando sus hábitos alimentarios al disponer cada vez de menos recursos en su hábitat natural.

Pero este no fue un caso aislado. Los contactos de osos polares con humanos son cada vez más frecuentes, sobre todo en poblaciones siberianas más al norte de Talnaj. Ya el pasado mes de diciembre docenas de osos polares fueron hallados en las zonas pobladas de Novaya Zemlya, un archipiélago ruso ubicado en pleno océano Ártico.

Los expertos apuntan que la invasión de los osos se debe a la congelación tardía del mar, que está impidiendo que cacen a las focas. El fin de recorrer exhaustivos trayectos alejados de casa es el mismo: buscar alimento, escaso por falta de recursos.

La otra noticia lamentable, proveniente de la ciudad estadounidense de Oregón, versa sobre el sacrificio del oso debido a su «amigable» relación con los humanos. Los motivos oficiales fueron que el accionar del hombre de alimentarlo -al que el animal pareció acostumbrarse rápido, permitiendo incluso tomarle fotografías- ponía en riesgo la seguridad de los visitantes al bosque.

Esto resulta cuanto menos indignante. La policía de Oregón, decidió terminar con la vida del osezno por el temor de las autoridades a que en un futuro sus interacciones con humanos se volvieran peligrosas. Esto no ha dejado de generar repercusiones.

Entre quienes alzaron la voz en reproche al modo de proceder ante la situación, se encuentra Juan Pablo Vega Ramírez, activista animal: “Esto es una vergüenza y una falta de humanidad y profesionalidad, las autoridades deberían haber buscado otra solución, ponerlo en un santuario o buscar ayuda de especialistas”.

Si, efectivamente es una vergüenza. Y si, se podrían haber buscado alternativas que no atentaran contra la vida del oso, definitivamente. Pero… ¿falta de humanidad? No. Muy por el contrario, este modo de proceder refleja la relación que el hombre plantea a diario a todos los seres vivos con los que coexiste: una relación de superioridad en la que atenta contra el resto de las especies.

Aún incluso, como en este caso, sin que el animal hubiera atacado a ningún humano. Aún incluso cuando es el propio hombre el que elimina y destruye los hábitats de estos -y tantos otros- seres.

Este estado de cosas donde el humano-centrismo prima no beneficia a nadie. La naturaleza nos demuestra en sus múltiples formas que es esencial que convivamos en equilibrio. Cada ser vivo depende de una cadena infinita de otros para poder sobrevivir.

Por ejemplo, los osos que se encuentran habitando los bosques son esenciales para los mismos, pues dispersan semillas que posibilitan el nacimiento de plantas y microclimas, beneficiando a todo tipo de especies, desde mamíferos hasta insectos y hongos.

Por su parte los osos polares constituyen un ecosistema boreal del hielo polar y una cadena alimenticia. Si esta especie se extingue, las consecuencias serán alarmantes para la biodiversidad del Ártico.

Ningún organismo puede vivir fuera de su ambiente o sin relacionarse con otras especies, siendo los ecosistemas la unidad funcional de la vida sostenible en nuestro planeta. Pero al hombre  parece no importarle y despreciar este vital lazo que nos une a la Madre Tierra.

La pregunta es: ¿a dónde queremos llegar? (Especial para CAMBIO 2000)

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