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La mala víctima: una mirada fuera de foco

Por Lautaro Lautaro Peñaflor Zangara

“Botellas de fernet y alcohol por todos lados. Una carpa del horror. Descontrol. Una chica que no debió estar ahí, sino con sus padres y su hermano festejando el año nuevo en otra carpa. Todo terminó mal, con cinco hombres acusados de violación”.

Las frases que preceden no corresponden a un cuento de terror, sino a un artículo publicado por el diario Clarín respecto a una violación que sufrió una chica de 14 años por parte de cinco hombres en un camping de Miramar.

Si bien muchos estamos acostumbrados a realizar un trabajo constante de deconstrucción de cada elemento de la cultura patriarcal que nos rodea, hay límites que a veces nos ilusiona pensar que no volverán a cruzarse.

Uno de ellos es poner el ojo sobre la víctima ante un caso de violencia machista. Analizar qué tenía puesto la mujer, dónde estaba o qué hora era cuando sucedió el hecho. Escarbar en los rasgos de su personalidad buscando algo que actúe como atenuante. Bucear explorando si la víctima pudo haber dicho o hecho algo que consideremos inapropiado, según una escala de valores obsoleta.

Durante décadas enseñamos a las mujeres a cuidarse, a tomar recaudos, a resignar capas y capas de su libertad, en lugar de enfocarnos en forjar relaciones humanas saludables, en las que ellas no sean territorio por conquistar, ni ellos conquistadores que pueden hacerse a su antojo de esos cuerpos, como si fuesen trofeos que se ganan.

Si ella había tomado alguna bebida, si vestía ciertas prendas, si tenía carácter fuerte, lo que pasara era su culpa por no cuidarse, y no del hombre por violentar a otra persona.

¿Acaso hay mujeres que merecen ser violadas? ¿Buenas y malas víctimas? Palabras después, el mismo artículo dice: “todo terminó mal, con cinco hombres acusados de violación”. Según esa perspectiva, la tragedia no fue la violación: fue la acusación a cinco hombres de haber ultrajado a una chica.

La antropóloga Dora Barrancos plantea que las violaciones son crímenes de poder. Con este concepto refiere a la situación de vulnerabilidad desde la que parte la mujer en sus relaciones con hombres, que buscan dominar.

Ellas no pueden hacer nada en situaciones de acoso, no les es exigible que actúen de tal o cual manera ni que hayan previsto detalles de la situación, porque están atravesadas por una relación que las coloca en un rol de debilidad que es histórico y cultural.

Un poder que, desde siempre, se constituyó de manera vertical. “Hombres que proponen y mujeres que disponen” solíamos decir jocosamente hace un tiempo atrás, sin percatarnos de lo desafortunado de ese aforismo.

Por esta razón las palabras de Clarín son equívocas. No importa si había alcohol, tampoco dónde estaba ella, ni si estaba autorizada por su familia. Lo único cierto es que no tendrían que haberla violado. Toda conclusión que no parta de esa premisa es descartable. Tan sencillo como eso.

Ante las críticas, el diario emitió un comunicado. Expresó que “una parte del texto dio lugar a una interpretación diferente a la buscada”. De la misma manera en que la violación -según el relato- fue culpa de la chica “por estar donde no debía”, también fuimos nosotros los que no entendimos la noticia. No existió, por ejemplo, ningún compromiso del diario a realizar capacitaciones para comunicar con perspectiva de género.

Clarín es el diario más vendido y forma parte del multimedio más grande del país. Su influencia en la opinión pública es elocuente y cuenta con los recursos para realizar su trabajo de manera óptima.

Existiendo más de un femicidio por día y transitando la revolución que está transcurriendo, hay ciertas retóricas que es imperioso abandonar, porque son peligrosas al legitimar un orden violento. Gran parte de la sociedad ya no está dispuesta a tolerarlas.

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