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Gobernar en tiempos de crisis sanitaria

Por Lautaro Peñaflor Zangara

La situación mundial, y Argentina en particular, a raíz del coronavirus es conocida por todos y generó un replanteo total de la agenda social, política y mediática. La coyuntura quedó por completo desplazada por los asuntos sanitarios, llegando a la declaración del aislamiento social, preventivo y obligatorio con el objetivo de evitar la propagación de la enfermedad.

Excede por completo la intención de esta columna el análisis de las medidas sanitarias establecidas, pero sí indagaremos en la circulación del poder y en las relaciones ciudadanas que se desprenden.

Es que Alberto Fernández comprendió que, probablemente, su presidencia será juzgada por la gestión de la situación a raíz del COVID-19. Considerando que los abordajes a cualquier circunstancia pueden ser distintos, hay que resaltar que el presidente no desconoció que los eventos extraordinarios, como las crisis sanitarias o las guerras, son oportunidades para generar un nivel de consenso muy grande en la sociedad.

Cualquier gobierno, con su potencialidad propagandística y el uso de la fuerza, puede decidir qué estrategia seguir a la hora de enfrentar estos sucesos. En conclusión, y sin ánimo de juzgar sus decisiones, Fernández podría haber actuado de otra forma.

Quizás un caso foráneo aporte claridad: Donald Trump, por ejemplo, se refiere al coronavirus como “el virus chino”. No es ninguna casualidad.

Por esta razón el presidente se involucró personalmente en el tema. Tomó él mismo la discursiva y la llevó hasta puntos que -en otras circunstancias- se hubiesen repudiado. Podemos mencionar cuando aseguró, en referencia al hombre que golpeó a un guardia para evitar el aislamiento, “Yo mismo voy a buscarlo personalmente y lo voy a encerrar”; o cuando dijo “Voy a poner a la AFIP, al Ministerio de Trabajo y a Defensa de la Competencia a perseguir a los que aumenten precios”.

Podemos advertir dos cosas: un marcado personalismo y atribuciones que exceden a la investidura presidencial pero que la sociedad no percibió como una distorsión, sino que en su mayoría las aceptó y las celebró.

Los eventos extraordinarios permiten generar una subida de popularidad muy grande en poco tiempo. Por el perfil moderado que estaba obligado a sostener, el presidente no lograba dar con una batalla que exaltara su figura. Alberto Fernández encontró aquí su enemigo, aquel que lo coloca frente a una lucha y le permite formular un relato con épica. Pero también construir poder.

A la circulación del poder de arriba hacia abajo tenemos que sumar las relaciones horizontales: entre ciudadanos, con aversión a la obediencia a los lineamientos oficiales a raíz del miedo y un señalamiento permanente entre sí cuando no se cumple. Digamos que todos somos policías de los de al lado.

Allí debemos preguntarnos si la actitud de cuidar el aislamiento es solidaria o si, por el contrario, lo que prima es el temor al contagio: la potencialidad de que quien está al lado me enferme. En tal caso, sería más apropiado hablar de individualismo global por conveniencia, más que de intentos colectivos de construir un enfoque superador. El individualismo, precisamente, es una característica de las sociedades capitalistas modernas.

En cierto lapso de tiempo, esperemos lo más breve posible, la situación del COVID-19 será controlada. ¿Qué sucederá después? Gobernar en estado de excepción, por las facultades que confiere, puede resultar tentador. No obstante, es una distorsión permitida de las reglas de la democracia.

Insisto, no es la idea de estas líneas cuestionar el abordaje de la situación, pero sí advertir que estamos en un límite que nos obliga a estar atentos a posibles residuos que impliquen legitimar formas de poder aún más distorsivas de las libertades de las personas. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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