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Fuerza natural

Por Maia Franceschelli

Las hierbas han sido para el ser humano fundamentales a lo largo de toda la historia. Antiguamente eran las mujeres, primeras farmacólogas, quienes las trabajaban. El conocimiento se transmitía de unas a otras, pero con la llegada de la Inquisición, estas “mujeres sabias” -como eran llamadas por el pueblo- fueron perseguidas, torturadas y castigadas a muerte en la hoguera.

El despojo de estos conocimientos fue acompañado del nacimiento de la profesión médica masculina, con el aval de las clases dominantes. Durante este período se dio muerte a muchas mujeres que, a los ojos del pueblo, eran curanderas -sin la carga peyorativa que hoy envuelve este término- o sanadoras, pero ante las autoridades de la época eran brujas.

Gran parte del conocimiento que se generó hasta ese entonces fue dado por tierra, y con él se acrecentó la brecha entre el mundo natural y el ser humano. Con el avance de los tiempos y consecuentemente de la tecnología, las plantas medicinales han sido desplazadas por fármacos.

Fármacos que inundan nuestras vidas incluso, desde que el ser humano se halla en el vientre. La medicina convencional surge de la síntesis y el aislamiento de los principios activos de las plantas junto con agentes químicos que dan origen a la farmacología.

Estas sustancias patentadas suelen ser mostradas a través del mercado como más efectivas que la medicina natural y la legislación cumple su rol al encargarse de legitimar intereses económicos. Y todo esto no es casual.

La industria farmacéutica no sólo vino a desterrar el conocimiento natural y el empleo de las plantas -que tenían una gran connotación comunitaria y social- sino que también se apropió de ese mensaje natural, utilizándolo a la hora de vendernos sus productos.

Los caudales de dinero que manejan las industrias farmacéuticas son infernales, y ya son tres los premios Nobel que han denunciado que a las farmacéuticas lo que les interesa es cronificar las enfermedades y no curarlas. Los costos son altísimos para el consumidor final que desea adquirir cualquier tipo de droga. Los tratamientos suelen ser una agonía y no sólo a nivel psicofísico.

Pero lo que no debe escaparnos a este análisis es que los tratamientos naturales son tan eficaces como las drogas sintéticas. Aún más, el ingerir algo nato de la tierra siempre será mejor para el cuerpo que la ingesta de químicos.

Y ¿cómo es que estos conocimientos ancestrales se nos han vedado? ¿Será porque los intereses económicos farmacéuticos internacionales son -y pretenden seguir- perpetuando el poder que detentan al monopolizar todo este conocimiento?

Las ganancias exorbitantes que esta industria maneja le garantiza el rótulo de negocio. Y este negocio no es como cualquier otro. Se trata de la salud de las personas… ¿Cuál es el límite sino este?

El surgimiento de una nueva mirada sobre el mundo -la cual implica repensar muchas cuestiones que tenemos dadas como verdades absolutas- está posibilitando que se repiense el ser humano como parte de la naturaleza, y en consecuencia se reivindique la medicina natural. Es fundamental recuperar todo lo que el sistema nos ha quitado. Sobre todo los vínculos con la Madre Tierra.

Es imperativo empoderarnos para recobrar la capacidad de tomar nuestras propias decisiones y con ello de actuar de un modo más empático con nuestra especie y las demás. (Especial para Cambio 2000)

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