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Extraña pareja

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Extraña pareja forman capitalismo y naturaleza. Sus puntos de contacto son muchos, pero no solemos hablar de esa zona en la que ambos se tocan. Es uno de los debates que menos tiempo ocupa en Argentina y Latinoamérica, aunque sí se lleva lugares centrales en las agendas de otros países y es la discusión que, probablemente, más crecerá a futuro.

El desgaste de los suelos, el uso irracional del agua, la contaminación de todo tipo, la intoxicación de los cultivos que luego nos alimentan son concesiones que hacemos a costa del “desarrollo” que, parece, sólo llegará con una matriz que abarca prácticas como la fractura hidráulica, el monocultivo, la utilización inconsciente de pesticidas y fertilizantes, entre otras técnicas nocivas.

Una de las continuidades más notorias entre los últimos dos gobiernos son las políticas vinculadas a la forma en la que el país explota los recursos naturales. Vaca Muerta, sin ir más lejos, fue y es la joya más preciada de Cristina Fernández y Mauricio Macri. También anticipó que lo será, en caso de ganar, para Alberto Fernández.

¿Qué ofrecen las industrias extractivistas y el agronegocio transgénico? Dinero rápido y en moneda extranjera, un preciado bien en una economía como la argentina que suele tener dificultades en ese aspecto.

Todas las empresas dicen tener perspectivas ecológicas. No obstante, son habitués del “greenwashing”: se venden como sostenibles, “se pintan de verde”, pero siguen siendo igual de contaminantes que antes.

En las diferentes instancias de debate suena poco la palabra “capitalismo”. Más allá de su conveniencia o no, sí deberían discutirse las consecuencias que acarrea que el capital sea la columna vertebral de todos nuestros planteos, máxime cuando Sudamérica funciona como el patio trasero de los centros de poder, en una continuidad histórica de lo que sucedía hace cinco siglos.

¿Pueden convivir capitalismo y recursos naturales en un contexto en el que la regulación es tan mínima que incluye cláusulas ocultas para toda la ciudadanía? ¿Es posible mentar un “capitalismo amigable” con la naturaleza o esa extraña pareja se excluye entre sí? ¿Hasta qué punto un Estado cuyos problemas son tan elementales como la pobreza y el hambre puede discutir perspectivas ambientalistas?

Todas las alternativas de gobierno con chances de ganar las próximas elecciones aceptan sin cuestionar la renta de las economías destructivas.

Si tuviéramos que definir en qué se diferencian, sólo podríamos decir -a grandes rasgos- que tienden a redistribuir la renta de manera distinta sin cuestionar su origen: en un caso con un claro sesgo empresarial, y en el otro más volcado al consumo de las familias. Aunque la mayor parte de las regalías es para las multinacionales.

Por el gabinete de Macri pasaron, sin reflexionar sobre posibles conflictos de interés, figuras como Luis Miguel Etchevehere, alto funcionario de la Sociedad Rural Argentina, y Juan José Aranguren, ex gerente de la petrolera Shell.

¿Qué esperamos para accionar? ¿Qué haya muertos? Ya los hubo: en ediciones anteriores de esta columna hablamos, por ejemplo, de Fabian Tomasi y de los trabajadores muertos en Vaca Muerta. ¿Qué los pueblos se manifiesten? Lo hacen permanentemente. ¿Qué se criminalice a los protestantes? Es moneda corriente: agrupaciones ecologistas cuentan 180 muertes por año de líderes medioambientales en América Latina.

Mientras, la discusión en Argentina se agota en un punto muy superficial, porque no ponemos sobre la mesa que a nuestros pueblos les queda un enorme pasivo: el ambiental, difícil de cuantificar, pero que impacta en nuestra calidad de vida actual y futura, pues las consecuencias de la forma destructiva en la que nos relacionamos con la naturaleza son concretas y cada vez más visibles. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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