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Espejitos de colores

Por Lautaro Peñaflor Zangara

La Feria Internacional del Libro es, probablemente, el evento cultural más importante del año en el país. Reúne a escritores, personalidades destacadas, lectores y curiosos que desean aproximarse al mundo de los libros, ese mundo que invita a imaginar, abstraerse, reflexionar, conocer, dudar…

Desde la semana que pasó y hasta dentro de quince días, la edición número 45 de la Feria se estará llevando a cabo en Buenos Aires. Es un evento que supo crecer y ponerse al día con los debates actuales, sin ceder novedad e interés.

En esta ocasión, por ejemplo, el discurso inaugural estuvo a cargo de la reconocida antropóloga feminista Rita Segato. En la misma línea, desde el año pasado, el evento cuenta con el Pabellón “Orgullo y Prejuicio”, que ofrece una agenda de actividades relacionadas con los géneros y las sexualidades. También hicieron partícipes a los “booktubers”: creadores de contenido que se valen de los videos para recomendar lecturas u opinar respecto a ellas.

Organizada por “Fundación El Libro”, la misión de la Feria se cumple con creces, ofreciendo una experiencia única en su estilo. Generalmente, los funcionarios y personajes del mundo político participan del evento. El problema está en que su presencia en primera plana no se traduce en apoyo al mundo editorial, estando el libro en una crisis que ya podemos definir como una verdadera caída libre.

En 2017 la producción de libros en Argentina fue de 87 millones de ejemplares, cifra que cayó prácticamente a la mitad en 2018, al imprimirse sólo 43 millones. La tendencia es poco favorable para este año.

Gran cantidad de editoriales, sobre todo pequeñas y medianas, cerraron en el último tiempo con impacto no sólo cuantitativo, sino también cualitativo: hay menos variedad de títulos disponibles, relacionados principalmente con las grandes marcas de la industria. De igual manera sucede con las librerías.

Una respuesta intuitiva es que la incidencia de la tecnología puede compensarse con la menor cantidad de libros soporte papel vendidos. Pero los datos muestran que el avance de los e-books representa porcentajes de entre el 17 y el 19%, permaneciendo estable desde hace seis años. Realizando el cálculo más optimista, un tercio del flujo comercial se perdió.

Otra explicación tan sencilla como compleja es que los libros son caros, también los electrónicos. Mientras otras formas de entretenimiento como los servicios de streaming al estilo Netflix presentan un costo mensual soportable, la compra de material para lectura impacta más en el bolsillo, sobre todo, del asiduo lector.

Esto sucede desde hace muchos años. Si bien la crisis económica influye -sobre todo por el incremento de costos al ser el papel un insumo dolarizado- sería reduccionista plantear que el mal momento del mercado editorial sólo obedece a la coyuntura.

La variable que se repite año tras año es la carencia de políticas públicas. No existe apoyo a las pymes editoriales, no se fomentan los proyectos independientes, las bibliotecas populares están subsistiendo a expensas de sus comisiones de apoyo, donaciones y contribuciones de socios, no se promueven espacios de promoción o difusión de libros…

Hay un proyecto de ley planteando la creación del Instituto Nacional del Libro Argentino que introduce algunas de estas cuestiones, pero no hay garantías de que se trate, de que no resulte letra muerta, ni de que el aspecto legal sea determinante en un tema de impronta decididamente política.

En palabras de Ignacio Iraola, representante del Grupo Planeta, “la Feria es una burbuja, pero no es el reflejo de lo que está pasando”. Es un evento digno de celebrar, que realiza un valioso aporte. Pero la presencia de funcionarios, si no es para dar explicaciones, es para vender espejitos de colores.

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