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El punitivismo como estrategia electoral

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El 10 de diciembre se cumplieron 3 años de gobierno de Cambiemos. Los tiempos electorales establecen, además, que se avecina la campaña presidencial próxima, para la cual Mauricio Macri ya está inscripto.

El consumo de información y el estilo comunicacional actuales generan que transitemos un estado de campaña casi permanente. En tal sentido, los actos de gobierno se cruzan con los proselitistas. Atravesando un gobierno que hace del marketing su gran fortaleza, constantemente estamos ante posibles consignas que pueden volverse ejes de campaña. Se trata de un prueba y error hasta encontrar el tono indicado.

No obstante, la coyuntura delimita las posibilidades discursivas: algunos ejes que en la campaña anterior fueron un insumo esencial, hoy deben ser prácticamente descartados. La economía es uno de los principales.

Si en las elecciones 2015 Mauricio Macri podía prometer “hambre cero”o “terminar con la inflación en meses”, hoy -con los indicadores económicos de su gestión- podemos ver que son tópicos en los que no le conviene ingresar. No, al menos, sin salir herido.

En motivo de los tres años de gobierno, y como informara la edición digital de este medio, el CEPA (Centro de Economía Política Argentina) difundió un conjunto de datos contundentes respecto a los resultados económicos. Se destaca que el dólar aumentó un 291% y la inflación creció un 43% más que el trienio anterior: mientras en el período 2013-2015 fue de 117%, en los tres años de gobierno de Cambiemos se elevó a 160%.

Hubo grandes tarifazos: 3008% de aumento en el gas; 2136% en energía eléctrica y 515% en agua. Cayó el salario mínimo y no cubre la inflación. De igual manera con el salario promedio. Se perdieron 51.700 empleos privados y los empleos industriales restaron 107.933. Cerraron, también, 9.609 PyMES.

Quizás, entonces, no sea casual que el centro de las discusiones se desplazara de la economía a la seguridad: un punto sensible para la sociedad. Es allí que comenzaron a sucederse distintas noticias con el mensaje de aumentar el nivel de punitivismo, sin hacer un análisis mayor de las situaciones. Bastan las consignas simples y sencillas, como aquellas que aparecen en campañas políticas.

No es la primera vez que sucede: en 2013 fue Sergio Massa el que encabezó esa postura bajo la consigna “Mano Justa”. En ese momento ganó las elecciones pero, en los hechos, nada pudo hacer para cambiar una problemática compleja que no se vincula directamente con los años de pena, sino con el círculo vicioso que existe entre pobreza y delincuencia.

Probablemente el efecto Bolsonaro haya influenciado a presentar exitosamente el caso de un candidato que ofrece literalmente militarizar las ciudades, en una actitud violenta contraria a los principios de las democracias y los estados de derecho, pero que funcionó.

Se trata de una forma de populismo en la que un gobierno, conocedor del sistema penal vigente, ofrece a la ciudadanía soluciones que no son conducentes a buenos puertos, además de impactar directamente con los principios que emanan de nuestro ordenamiento jurídico.

El oficialismo basa sus estrategias en la polarización constante y, descartada la economía, encuentra en la inseguridad un útil insumo para confrontar, dado el rechazo que genera la figura de Cristina Kirchner. Si antes había inseguridad y garantismo judicial, ahora se ofrece lo contrario. ¿Cómo? No importa. Basta con activar la reacción positiva de los receptores.

A meses de comenzar a transitar el año electoral, “la inseguridad” será un tópico que se discutirá con intensidad. No porque alguien quiera solucionar alguna pieza del engranaje que la genera, sino porque las encuestas muestran que hablar de esos temas genera adhesión. Una adhesión tan efímera como la demagogia punitiva.

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