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El modelo arrasador de Mercado Libre

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Mercado Libre es un caso de éxito empresario arrollador. Tuvo un desarrollo y un crecimiento exponencial, paralelo a otras plataformas similares en el mundo, al punto que es considerado uno de los cuatro “unicornios” de la economía argentina: una de las empresas tecnológicas que valen más de 1.000 millones de pesos.

Comenzó a funcionar en 1999; desde 2007 cotiza en Bolsa; está presente en 18 países y absorbió a algunos de sus competidores. Se define a sí mismo como un “market place”, un espacio virtual de compra y venta.

Mercado Libre -su dueño Marcos Galperín, específicamente- supo aprovechar el paradigma tecnológico, proyectar en ese sentido y sacar rédito. El mundo avanzó hacia la digitalización de las transacciones comerciales y la plataforma se posicionó como dominante.

Ofrece una experiencia satisfactoria, con valores como comodidad, posibilidades de comparar precios y mayor oferta sin límites geográficos. También muchas personas obtienen de vender allí, su medio de vida. No en vano la empresa es una de las cinco más valoradas por los compradores en el país.

Pero no todo es unanimidad al respecto, sino que existen voces críticas. Aducen que su crecimiento estuvo relacionado con beneficios y exenciones fiscales a los que accede desde 2007.

Se enmarcan en la entonces Ley de Software sancionada en 2004, y a futuro lo harán en la Ley de Economía del Conocimiento recientemente aprobada por el Senado. Ambas buscan fomentar el desarrollo de softwares nacionales, estableciendo ciertos requisitos como exportar los programas creados e invertir en investigación.

Existen dos cuestionamientos. El primero es que Mercado Libre se define a sí mismo como una plataforma de compra y venta. Sólo crea softwares para sí y el ítem de la exportación lo cumple únicamente respecto a los demás países en los que opera. ¿Es atinado, entonces, aplicar beneficios relacionados con programas tecnológicos a una empresa que los crea para su uso particular, pero sin ser su fin último?

El segundo tiene que ver con subsidiar desde el estado a una empresa que no sólo es sustentable, sino que además es millonaria. Considerando la actualidad del sector PyME y la existencia de muchos jóvenes emprendedores atomizados que buscan ganarse un lugar en el mercado, ¿es correcto financiar a una firma que genera fortunas en Wall Street? La duda es, al menos, pertinente.

Triunfa en un contexto no muy reglado, que es la cibernética. Los impuestos que debe abonar, las cargas patronales a las que está sometido, las reglas de habilitación que rigen sobre él o las reglas de defensa a los consumidores no son comparables con las que deben afrontar las formas tradicionales de comercio.

Galperín dice que Mercado Libre es “democratizar el mercado” y la plataforma se define a sí misma como una “comunidad”, pero tiene poder monopólico. Sumado a la carencia de encuadre legal y los subsidios millonarios, en verdad es la fantasía del capitalismo hecha realidad.

Los comportamientos elusivos son permanentemente demonizados y reprimidos desde el poder, como sucede con la venta callejera, de la que viven gran cantidad de personas en nuestro país. Sin embargo, para Mercado Libre -que es parte de la hegemonía- el análisis es mucho más benévolo.

Cuando inevitablemente exista regulación ¿qué sucederá, por ejemplo, con los grupos de compraventa en Facebook? Los mismos proponen una experiencia más colaborativa y horizontal, que se acerca más al concepto de comunidad y no generan ingresos directos para alguna empresa.

Democratizar el consumo y monopolio, ¿no son un oxímoron? Avanzar en el mundo digital es inevitable, pero el análisis de la coyuntura debe ser crítico para brindar respuestas y generar herramientas atinadas para el conjunto. (Exclusivo para Cambio 2000)

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