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El eufemismo de “modernizar el Mercosur”

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Luego de que Jair Bolsonaro asumiera la presidencia de Brasil, Mauricio Macri realizó su primera visita oficial. Entre otros temas, se refirieron al Mercosur: el ahora primer mandatario carioca había expresado que el organismo no era prioridad para su gobierno.

No obstante, en la visita oficial ambos presidentes hablaron de “modernizar y flexibilizar” esta estructura de integración. Sin duda se abre una nueva etapa para la relación argentino-brasilera, signada por una impronta diferente del Mercosur. ¿Cuáles son las implicancias de su replanteo? ¿Gana vigor la unión entre países vecinos con esta nueva visión?

El Mercado Común del Sur se remonta a 1991 cuando se firma el Tratado de Asunción que le da origen. Toda instancia que tienda a unir nuestro país con aquellos con los que compartimos historia, cultura e intereses es bien valorada; pero toda herramienta depende de una coyuntura.

En ese momento el presidente era Carlos Saúl Menem, quien -ya sabemos- llevó adelante la llamada “reforma del estado” basada en la apertura económica, las privatizaciones y la flexibilización, características de la década de los ‘90. Por esa razón, el organismo carece de un basamento político que considere el posicionamiento latinoamericano tendiente a fortalecer la unión más allá de lo comercial. En síntesis, sirvió con fines económicos de mercado, pero no buscó ampliar sus horizontes.

No se trata de desconocer la utilidad del Mercosur, que fue y es una experiencia innegablemente positiva: sus cifras muestran un incremento del comercio industrial e interindustrial en la zona y la existencia de acuerdos extrarregionales que se negociaron en su marco.

Pero debemos reconocer dos objeciones: nunca se concretó el proyecto integrador que buscaba, además de los acuerdos logrados, el establecimiento de una moneda común y la unificación de criterios aduaneros. Y, por otro lado, nunca se supo aprovechar su impronta.

El Mercosur -es decir sus países miembros sumados- conforma la quinta economía mundial considerando el PBI de cada estado. Posee las tres urbes más ricas, extensas y pobladas de Suramérica (Sao Paulo, Buenos Aires y Río de Janeiro). Cuenta con la selva tropical más grande del planeta, la amazónica, y controla las mayores reservas energéticas minerales, hídricas y petroleras.

Esto lo vuelve una zona que, en conjunto, puede pretender más. Somos una región que no sólo comparte cercanía: también historia, cultura, valores y problemáticas globales. Incluso los límites que separan a un país del otro no responden a un criterio sólido: hasta podríamos decir que son caprichosos.

La fórmula de la “modernización”, a la que se acude para hablar de la nueva visión respecto al Mercosur, es tan retóricamente atractiva como difusa. No podemos establecer claramente qué quiere decir. Sí sabemos que Brasil busca comerciar directamente con otras potencias -o grupos de ellas- prescindiendo del bloque. En este sentido avanzaría el organismo.

El libre comercio internacional tiene sentido si existen condiciones de igualdad, situación que no se da. Basta mirar las cifras de nuestro país para descubrir que la desindustrialización y la primarización de la economía nos colocan en posición de inferioridad: una vez más, exportar materias primas para importar productos con valor agregado. Sí, como estudiamos en la secundaria pero, además, compitiendo con aquellos países con los que deberíamos aunar criterios y esfuerzos.

El Mercosur “modernizado” y “flexibilizado” no es más que la cristalización de un conjunto de valores que considera a América Latina inferior. Una cáscara vacía. Y éste, como toda experiencia de integración, sólo es útil si se plantean objetivos en común y con la mirada puesta en fortalecer la región.

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