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Docentes: el conflicto sin fin

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Que trabajan cuatro horas. Que tienen tres meses de vacaciones. Que faltan demasiado. Que cuando hacen paro “toman a los chicos de rehenes”, y la lista podría seguir. La cantidad de falsas-certezas instaladas maliciosamente en el sentido común acerca de las y los docentes es grande.

Año tras año el conflicto salarial docente se repite: se trata de una paritaria “vidriera” que probablemente tenga impacto en las que seguirán. Este año la negociación con los educadores se sostuvo durante todo el año sin llegar a una conclusión.

La imposibilidad de llegar a un acuerdo es un fracaso en sí mismo, pero a eso debemos sumarle que desde hace años (que abarcan varios gobiernos) las y los maestros son sujetos de falacias que calan hondo en la sociedad.

Resulta reiterativo explicar que las cuatro horas de jornada siempre son más por la corrección, la planificación, las jornadas especiales y las actividades extracurriculares; o que los tres meses que el alumnado no tiene clases no precisamente se traducen en vacaciones para quienes enseñan; y mucho más rendir cuentas de un salario que, con un solo jornal, ni siquiera supera la línea de pobreza.

La remuneración docente está repleta de sumas “no remunerativas”, eufemismo de lo que cotidianamente llamamos “en negro”. Además, la infraestructura escolar acarrea años de enormes déficits. Este año, sin ir más lejos, una garrafa explotó en una escuela de Moreno y en el hecho murieron la vicedirectora y un auxiliar.

En las discusiones salariales, las mismas personas que hablan de “jerarquizar” son las que se encargan de verter frases ofensivas e insultantes. Hace pocos días, la ministra de Educación porteña expresó que “los docentes tienen menos prestigio que algunas personas que bailan en la televisión”. Es difícil discernir con qué colectivo fue más despectiva en una sola frase.

La gobernadora Vidal el año pasado apoyó la idea de que voluntarios den clases para contrarrestar los paros, como si cualquier persona con tan sólo voluntad pudiese cumplir el rol del educador. La propuesta se torna irónica si consideramos que hay muchas formas de colaborar voluntariamente con el funcionamiento de las escuelas. Una de ellas, es participar en las asociaciones cooperadoras en las que nunca sobra la gente que ayuda.

Una de las frases que más se repiten es que la docencia “es una cuestión de vocación” y, si bien es cierto que cualquier tarea -no sólo la de enseñar- realizada con vocación arrojará mejores resultados, reducir la problemática docente a un tema vocacional está alejado de la realidad e implica esquivar todo tipo de responsabilidad.

La docencia es más que eso: es técnica, porque implica adquirir conocimientos específicos y desarrollar aptitudes de toda índole, máxime cuando un docente en nuestra coyuntura no sólo cumple el rol de educador, sino que también realiza tareas de contención, de cuidado, relacionadas con la alimentación, vinculadas al entorno social…

Mucho escuchamos hablar de “jerarquizar la tarea docente” y eso se logra únicamente relacionando el trabajo que realizan con la contraprestación que se les otorga. Por más que complejicemos las carreras pedagógicas (algo que tiene mucho sentido), si el futuro panorama laboral no es atractivo, nadie elegirá esas carreras.

Tamaña responsabilidad de un trabajo que implica entregarse por completo imperiosamente requiere de un pago acorde. Sólo así será una carrera que quienes deben estudiar tengan en cuenta a la hora de elegir.

Finalizando un nuevo ciclo escolar, una vez más contaminamos con falacias la oportunidad de dar un debate serio respecto a cómo mejorar nuestro sistema educativo porque, para lograrlo, el primer paso es garantizar buenos salarios y condiciones laborales acordes a la profesión.

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