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Desastre anunciado

Por Maia Franceschelli

Como sabemos, Australia es noticia mundial, y no precisamente por algo bueno. A pesar de que el país oceánico es uno de los más ricos del mundo, con una población de 25 millones de personas, comúnmente hallado en el top 10 de los índices de mejores países con calidad de vida, hace varios meses que su territorio arde en llamas.

Con la industria minera como fuente principal de ingresos y siendo uno de los estados de mayor producción de emisiones de CO2, el fuego parece no cesar, al igual que en el Amazonas.

El coste de todo ello es tan alto que no basta con hablar de números. Lo cierto es que la naturaleza no deja de mostrarnos las consecuencias nefastas de nuestro accionar humano.

Aunque es cierto que la zona australiana anualmente alberga fuegos en sus bosques, pretender desconocer la situación actual porque la llamarada es un fenómeno que acontece siempre, solo prueba que los intereses económicos de los poderosos se imponen a los razonamientos ecológicos.  

Esta situación, resultado directo de las políticas gubernamentales y corporativas -matriz de acción humana egocéntrica-, que no cesan de llevar a cabo proyectos multimillonarios que arrasan con la otredad menos favorecida (la naturaleza toda), ha incrementado las consecuencias del cambio climático, y en la zona en cuestión, la presencia récord en sequías y altas temperaturas han transformado a estos bosques en altamente inflamables.

Mientras Australia arde, su actual gobierno reafirma el compromiso con el carbón y la industria minera, y amenaza con convertir en delito los boicots a empresas destructoras del medio ambiente.

Las emisiones anuales de dióxido de carbono per cápita de los australianos están muy por encima de la media que establece el organismo internacional OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) y de la media de los países desarrollados; peor aún, continúa en aumento debido a la falta de compromiso gubernamental.

Este país utiliza 70% de carbón para generar electricidad, y emplea muy poca energía solar, eólica y de mareas.

Es importante destacar que las decisiones que se están tomando al respecto son, cuanto menos, nefastas. Con una visión antropocéntrica de la cuestión, como es costumbre, y sin mayores reparos a la hora de responsabilizarnos de los acontecimientos que nos aquejan, han decidido sacrificar 10.000 ejemplares de camellos salvajes.

De acuerdo a un comunicado del Ministerio del Ambiente y del Agua del estado de Australia del Sur “los pueblos se ven incapaces de gestionar la magnitud del número de camellos que se congregan alrededor de las fuentes de agua”. Aseguran que en el transcurso de estos días francotiradores profesionales dispararán desde helicópteros.

Las noticias que encontramos en la web al respecto justifican este tipo de actos con el fin de resguardar a la población humana y hacen hincapié en los daños estructurales y materiales que se están sufriendo en la zona. Los costes que señalan son de índole económica, mencionando sin demasiado detalle ni interés la diversidad de flora y fauna que pereció o está sufriendo por toda esta catástrofe.

Los incendios de Australia son un suicidio anunciado. Esto ocurre cuando quienes toman las decisiones van tras sus negocios y emplean políticas irresponsables. Las últimas elecciones supusieron la llegada de un gobierno negacionista climático, aliado del lobby minero. Esto, lamentablemente, nos suena muy familiar por estas latitudes…

El humo ya ha llegado a nuestro país; esperemos que el fuego no. (Nota de opinión de Maia Franceschelli para CAMBIO 2000)

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