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Cuerpos positivos

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Una de las revistas más vendidas del país mostró en su tapa a la hija de una importante personalidad, haciendo hincapié en que lucía “con orgullo su look plus size”.

Muchas voces críticas se alzaron contra la revista y, aunque es saludable que así suceda, no es un acto aislado de esta publicación en específico: las representaciones hegemónicas al respecto y los prejuicios que acarrean son prácticamente unánimes.

Pese a la generalización de expresiones como “plus size” o “body positive”, no existe una crítica sobre la especial, casi obsesiva, atención que se le presta al cuerpo de las personas que no encajan en los estándares de belleza.

Al contrario, son esos eufemismos los que resultan agradables, fáciles o satisfactorios para los oídos. Son interpretados desde un lugar de corrección política que no presiona sobre ninguna de las estructuras que originan la discriminación, la violencia y la patologización de los cuerpos gordos.

El body positive reclama un lugar en la industria de la belleza: esa misma que de múltiples maneras estigmatiza y jerarquiza corporalidades pretendiendo que todo el problema es, simplemente, una cuestión de autoestima cuya solución es trabajar en uno mismo y llegar al deseado paraíso del “amor propio”.

Claro que es deseable que cada persona pueda aceptar su cuerpo con amor. Pero, aunque así sucediera, sigue siendo una realidad que el mundo afuera de “uno mismo” pondera de distintas maneras las subjetividades. La pretendida solución individualista no genera ningún anclaje en la cuestión colectiva y, después de ella, la sociedad seguirá siendo ese mismo lugar hostil para los cuerpos no hegemónicos, aunque a la próxima serie de Netflix pueda protagonizarla una persona gorda.

Es una falacia capitalista y meritócrata que toda solución depende de cada uno, porque olvida un aspecto: cuando hay violencia o discriminación, la carga no debe soportarla la persona que la sufre, sino quienes la ejercen y quienes generan las condiciones para que se desarrollen.

Aunque “te ames a vos mismo”, seguirá siendo un problema que cierto tipo de cuerpo determine el precio de la ropa, las posibilidades laborales o la accesibilidad a un transporte. Quizás convenga reflexionar respecto a qué cuerpos son considerados feos o indeseables para nuestra sociedad, porque la que describimos no es una problemática exclusiva de gordofobia.

A los cuerpos gordos se les asignan ciertas características, que generan valoración negativa. Un claro ejemplo es el diagnóstico con la sola mirada: todo cuerpo gordo es un cuerpo enfermo, como si no existieran razones para la gordura que excedan lo patológico y como si todo cuerpo flaco estuviese exento de patologías. “Te lo digo por tu salud” es una muletilla que quienes habitamos cuerpos gordos tenemos que escuchar muy seguido.

Incluso la ley de trastornos alimentarios exige, para realizar un reclamo antidiscriminatorio, que la persona se enuncie a sí misma como enferma: la misma situación que se daba con las personas  trans, a quienes se diagnosticaba disforia. En su caso, la situación cambió con la sanción de la ley de identidad de género que “despatologizó” sus situaciones, abordaje que cambió la realidad de muchas personas.

¿Es, entonces, realmente la salud lo que importa? ¿Los distintos tipos de violencia sobre los cuerpos gordos no interrumpen también algunos aspectos que influyen en la definición de salud integral? ¿Qué rol juegan aquí las industria de la dieta y de “lo fitness”?

Indudablemente la discusión requiere imperiosamente nuevos niveles de profundidad.   Necesitamos una crítica urgente al modo en que las corporaciones tomaron el significante “cuerpo positivo”, vaciándolo de contenido y volviéndolo tapa de revista o publicación de Instagram. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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