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Con sumo gusto

Por Maia Franceschelli

La vorágine del capitalismo nos ha hecho sujetos consumidores de todo tipo de productos industrializados. Este consumo -sin análisis mediante- nos ha llevado a un nivel de alienación imperceptible para muchos.

No sólo desatendemos el por qué de lo que adquirimos sino también desconocemos qué es lo que consumimos. Lo certero es que en su gran mayoría éstos fueron creados a través de la industria.  La lista es amplia y para nada excluyente: alimentos, vestimenta, productos de belleza, del hogar, de ocio, tecnologías, etc.

La constante exposición que sufrimos como potenciales compradores a través del mundo publicitario es alarmante y cada vez mayor gracias a los medios de comunicación y redes sociales que interactúan entre sí para facilitarnos eso que estamos buscando… y lo que no también.

Detrás de todo producto industrial que se encuentra en el mercado hay una cadena de elaboración que hace perder la esencia del mismo, pues para hacerlos duraderos en el tiempo se les adicionan sustancias para su conservación y además, al ser realizados de manera masiva se garantiza la pérdida de su singularidad.

La posibilidad de obtenerlo todo de modo sencillo nos lleva a desear evitar tener que producirlos nosotros mismos. Si bien la oferta parece tentadora, sus desventajas son evidentes. En relación a bienes de consumo alimenticio hemos perdido la naturalidad que debería caracterizarlos.

Los aditivos abundan en nuestra dieta. Son sustancias que, sin constituir por sí mismas un alimento ni poseer valor nutritivo, se agregan a estos con la intención de modificar sus caracteres organolépticos y permitir conservar por mayor tiempo los mismos como así también, colorearlos de modo artificial y suplir sabores naturales.

De acuerdo a un estudio realizado por investigadores del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad Estatal de Georgia en Estados Unidos con colaboración de la Universidad de Emory Reino Unido, Cornell Estados Unidos y Bar-Ilan de Israel, los emulsionantes que se añaden a los alimentos procesados pueden alterar la composición y localización de la microbiota intestinal promoviendo el desarrollo de enfermedades como el Crohn y la diabetes tipo 2.

Nuestras ropas no están exentas de sustancias. Una tesis de la Universidad de Estocolmo -Suecia- ha comprobado que las prendas que compramos contienen miles de productos químicos, algunos tóxicos, que permanecen aún después de ser lavadas. Incluso los que son eliminados pueden contaminar el agua.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) advierte que el uso constante de etnolaminas -químicos hechos a base de amoníaco, utilizados en jabones, champús y cremas de afeitar- pueden resultar cancerígenas. Los antitranspirantes, las bases de maquillaje y limpiadores faciales contienen parabenos que pueden afectar el equilibrio hormonal e incrementar el riesgo de sufrir cáncer de mama.

La lista continúa y puede incluso ser más exhaustiva pero el punto es el mismo. La industrialización promete bienestar al corto plazo pero oculta la real nocividad en nosotros y en la naturaleza a mediano y largo plazo.

La solución se encuentra en la elaboración artesanal de la mayor cantidad de productos posibles de toda índole, conjuntamente con el fortalecimiento de redes de intercambio con otras personas que produzcan de igual manera. Ser conscientes en sus procesos de elaboración nos vuelve amigables con la naturaleza y dentro de ella con nosotros mismos. (Especial para Cambio 2000)

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