Edición On Line
Año XI- N° 620 - 20-04-17
Carhué - Argentina
CORREO DE LECTORES
Los 70 años de Deportivo Sarmiento: Recuerdos y anécdotas de un ex dirigente rojo
Fui a la fiesta del 70° Aniversario del Club Sarmiento y realmente me emocioné. Hacía mucho que no entraba al Club y vi tantos cambios y un salón tan lindo, tan bien presentado y preparado para tanta gente que me encantó.
Y luego, afloraron los recuerdos. Conversando con algunos dirigentes y jugadores o colaboradores que no viven en Carhué recordé muchos momentos de mi paso por esta institución tan querida.
Yo era secretario de la comisión directiva pero salvo en el fútbol, puedo asegurar que jugaba en todos los puestos.
Salir a pegar afiches con Carlos W. Turrión era muy entretenido. Él tenía un Kaiser Carabela, yo iba sentado en el asiento de atrás donde había lugar para la gente, el tarro con el engrudo y los afiches.
Todos los días pasaba algo, si habíamos perdido el partido, ese domingo era un día de luto. Ni se hablaba, se jugaba al truco casi en silencio. Era un misterio como nos entendíamos. El lunes empezaban los reclamos de los muchachos de la subcomisión de fútbol porque se trataba de buscar algo que fuera culpable. Y plata no había, todos los pocos mangos que generábamos haciendo de todo se iban cada domingo.
Pero si se ganaba, era una fiesta. Asado y a veces un bailongo improvisado. Y si estábamos teniendo una buena campaña empezaban los pedidos de los jugadores. Algunos increíbles, como una casa por ejemplo. En esa reunión me quedé mirando al jugador sin poder decir una palabra, encima teníamos una miseria impresionante y entonces resultaba algo muy descolgado. Y el flaco amenazaba con irse a otro club. No pasó nada, no le dimos ni un ladrillo, siguió jugando como si nada y todos contentos.
Si éramos locales, el domingo temprano con Paco Jiménez (padre de Manuela y tío del catalán y hermanos) marcábamos la cancha.
Si el pasto no estaba bien corto, era un tema patear todas las líneas regadera llena de cal en mano mientras el otro revolvía la cal en el balde, después poner las redes y comer a la disparada para volver a la cancha a atender la boletería o hacer de utilero o lo que saliera.
Como contó Turrión la noche de la fiesta, compramos un micro que cuando lo vimos como tenía el parabrisas repartido uno dijo parece una lechuza, yo arriesgué “un búho” y a partir de ahí ya no se hablaba de viajar en el micro, si no en el búho.
Cuando íbamos a la zona, el colectivo servía de vestuario, cocina y comedor. Nos acompañaba siempre Don Salvador Cappello que además de cambiar las cámaras de las pelotas (eran de cuero), llevaba una garrafa, un calentador y una olla donde preparaba un chocolate muy espeso que venía bárbaro para el entretiempo en esas tardes tan frías que tienen los inviernos acá.
Le habíamos compuesto un tema que decía “a don Salvador Cappello le haremos un monumento” y se lo cantábamos siempre.
Todo venía bien hasta que fuimos a Deportivo Rivera que otra que el París Dakar. Camino de tierra malísimo y en un vehículo lento como ése donde volaba tierra con viento como afuera era toda una aventura. En un momento el chofer frena y se larga con un balde a juntar agua de un charco. Levanta el capot y le manda todo el balde. No sabíamos que el búho venía perdiendo agua hacía tiempo pero ésta vez había tirado todo lo que tenía. Motor caliente y agua fría nunca son un buen combo. Se partió la tapa y quedamos a pata, a kilómetros de Rivera. Gracias a un gaucho que pasaba avisamos y al rato nos buscaron. Nos llevaron de tiro porque era lo más simple.
Y pasó lo inimaginable. Jugamos y rascamos un empate con un gol de Juan Carlos Caussanel. Los locales no lo podían creer, Deportivo venía haciendo un campañón y ellos sabían que habíamos ido muy descolados, como se decía antes por acá, porque a la zona algunos jugadores de elite no iban, yo era el DT y Delegado porque el titular estaba enfermo y armé el equipo diciéndole a los jugadores que se ubicaran en la cancha y jugaran como sabían. Y no nos importó que volviéramos a Carhué tirados por un camión que iba muy lento. Un punto es un punto.
Hacer de utilero o masajista no era simple. Una vez éramos tan pocos que yo tuve que entrar a la cancha con el botiquín después de entregarle los equipos a cada jugador. Tuve la mala suerte que al rato, se nos acalambró un jugador que, pobre, era tan malo que casi venía bien que tuviera que salir. Pero no había nadie en el banco para cambiarlo, salí corriendo botiquín en mano, pelé un aerosol y le fumigué la gamba. Escucho que de afuera me gritaban cosas y se reían. Qué sabía yo que precisamente eso no había que usar!!!, había que darle masajes con aceite verde para darle calor y yo le había enfriado la pata al pobre. Seguimos con 10.
Cuando inauguraron los vestuarios un dirigente en su discurso dio la bienvenida a las autoridades y en un momento se hizo un silencio tremendo.
Dijo el dirigente “Reverendo Padre Gregorio ... (silencio)... Lell. Claro, él se acordaba de Roglich pero no registraba que había muerto y ni idea de la existencia de Pablo.
Dicen que alguien le sopló el apellido del cura nuevo, y lo dijo. Lo que sí puedo asegurar es que las cargadas con ese tema duraron un buen rato.
En otra oportunidad recuerdo que en el salón había una estufa a leña que, no sé por qué, empezó a mandar mucho humo para adentro. Voy una tarde al Club, precisamente en uno de esos días tan humeantes, y me acerco a una mesa donde dos parejas estaban por sentarse y empezar un partido de truco. Uno de los jugadores era el negro Bravo, tipo por demás ocurrente que sacó de la campera dos antiparras y después de darle una a su compañero le dijo: “ahora sí”, y arrancaron a jugar como si nada.
En la cancha de bochas un día sucedió algo que fue muy comentado. Uno de los jugadores era el Fara, jugaba él y el juego estaba en el fondo, muy lejos.
Tenía que ser un tiro muy preciso, algo perfecto. Pero no. No salió. Los que sí salieron apuradísimos fueron los que estaban mirando apoyados en la baranda allá, en la otra punta de la cancha.
Apuntó el Fara, midió y tiró. La bocha rodó sobre la baranda, salió y le pegó a la pared. El desparramo fue tremendo y nunca más se pusieron allá en la otra punta, por lo menos cuando jugaba Alberto.
Me olvidaba, en un partido amistoso que se jugaba en Guaminí, donde se aprovechaba el momento para probar jugadores, entra a la cancha un jugador nuevo con la vestimenta del rojo puesta y le pregunta al DT: ¿para qué lado pateo?
Hago llegar mis felicitaciones a todos lo que trabajaron tanto para lograr que esta fiesta con tanto brillo fuera tan ágil y emotiva. Un cálido saludo a todos.

Carlos Cricco - Carhué

Publicado el 20-04-17